UN NUEVO EDIFICIO

UN NUEVO EDIFICIO

                                                  

 

      Transcurrió otro Día de la Fiesta Nacional, antes más conocido como de la Hispanidad, y, en esta ocasión, no solamente se presenció el típico desfile militar, sino también el pase de modelos de las políticas, algunos de ellos más propios de funerales que de un evento festivo. Obviamente, los anti sistema, que la desidia del español y la furia electoral de unos supuestamente ciudadanos indignados han aupado al poder, han soltado sus exabruptos, nada originales por cierto, e incluso alguno, alejado de la moqueta, se ha explayado con sus problemas de gastroenteritis aguda. Naturalmente alguna respuesta ha sido de lo más acertada, sustituyendo el objeto pasivo cristiano  por otro musulmán. Es decir, seguimos en la deriva de rechazar nuestro pasado, llegando al extremo de despotricar hasta la blasfemia histórica, como si ésta, la historia,  no hubiese sido la que fue, mal que le pese a más de uno que, mientras camina por la más absoluta de las bancarrotas de su institución, va dejando excrementos, sólidos o líquidos, por donde trascurre su camino.

Cambiando de tercio, empero el ardor anti taurino, otros acontecimientos han llamado la atención. Unos eventos más próximos que, plantificados entre escualos y doradas, han puesto de manifiesto que un ex político no andaba muy desencaminado, leídos sus comentarios. Y es que, ese aviso a navegantes en cuanto a no hablar, no tratar, no mencionar, temas relativos a lengua, educación, cultura o territorio, es de lo más perogrullesco. Tanto o más que pretender olvidar un período tan nefasto como inútil, por parte de quienes fueron protagonistas de su instauración  mediante su participación, directa o indirectamente, en el gobierno. “Hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios”, proclamaba Abraham Lincoln, aunque más de uno desconozca no solamente la afirmación sino también a su autor. Ante la mirada atónita de tiburones y morenas, alguna que otra idea surgió del panel de intervinientes, y como tal fue recogida con los aplausos, mas, en las actuales circunstancias y tiempos, no va siendo suficiente. Diciembre está demasiado cerca para pretender que se olvide un pasado, precisamente retornando a él. Los modos, los gestos, las maneras de antaño, incluso aquellos pensamientos discurseados, han quedado tan obsoletos como incapaces son de superar unos modos y maneras más próximos que han provocado la desaparición de la inmensa mayoría de gobiernos conservadores. El padre de un ex Conseller aludía, con cierto dolor, a que “es que nadie le aprecia”. Y tal carencia de afecto sigue ahí, en la calle, con el complemento de “y encima, se ha colocado”. Y, efectivamente, el ex presidente es un problema, pero, no es “el” problema. Al ex presidente le enterraron políticamente un centenar de miles de papeletas que no cayeron dentro de las urnas, sino encima no sólo de su actividad política, sino también de su conducta apática para con sus conciudadanos. Un destacado periodista aludía ayer mismo que para él, todo lo que significa el actual senador es una gran ficción. Su alejamiento del ciudadano, su ausencia de empatía, el extremo recelo por su vida personal, coadyuvaron a que “nadie” le apreciase. Y así sigue, esperando que las astillas del árbol caído no sean excesivamente dolorosas.

Sin embargo, insisto, el senador no es el problema. El problema es Matas y todo cuanto le ha rodeado. Si al ex presidente políticamente le enterraron las papeletas ausentes, a Matas y a todo su entorno le están resucitando las resoluciones judiciales. Ahora que se está poniendo de moda referirse a ello, su cursus, es una mancha que no se elimina pidiendo perdón, sin más. Un cursus jalonado no de honores sino de sentencias firmes, que van echando estigmas en la fachada del P. Popular. Y quienes se supone debieran eliminarlas, pacientes espectadores en su día, ahora nos hablan de recuperar las ideas, modos y conductas del pasado, a la búsqueda del “amigo” desconocido. Es el presagio de una mendicidad surgida de la mediocridad política. Aquellos tiempos ya no existen, por la sencilla razón de que tampoco  están los ciudadanos que, principiantes, votaban por el estómago y por el corazón. Ese voto es irrecuperable ya que, el fondo electoral, es absolutamente diferente. Televisiones, emisoras, periódicos, redes sociales, internet, google, han mutado completamente el sentir del elector, quién, ahora,  se guía no sólo por el corazón, sino también por su intelecto. Para él, para la inmensa mayoría, la carretera, la autovía,  siempre ha estado ahí, no sabe de caminos de carro, ni de pozos negros, ni de emisarios submarinos, ni de problemas de agua, ni de teléfonos analógicos. En alguna medida, aquel mirarnos al ombligo es imposible que se dé, ante un mundo que, por completo,  está a nuestro alcance a un golpe de teclado. Seamos consecuentes con ello, actualicemos nuestro discurso, después de actualizar nuestros rostros. Los mismos de siempre harán lo mismo de siempre, porque creen que lo de siempre es la victoria, sin darse cuenta que el futuro no contemplará éxito alguno sino surge de un presente distinto, actual y brillante.

El edificio está deshonrado y sus moradores desacreditados. Consecuentemente, el sentido común nos indica que hay que cambiar de edificio, previo que sus moradores lo abandonen. Y entonces, distintos pobladores podrán ocupar ese renovado edificio. Quizás ese sea el comienzo conveniente para alcanzar el verdadero objetivo: recuperar la ilusión en un proyecto conservador e irradiar esperanza en un futuro más limpio, más cercano, más humilde. Hay que perseguir, y conseguir, que sea la idea la que convenza, no la persona. Contemplar el retrato de los integrantes de los actuales gobiernos llamados progresistas, junto con  sus maneras, lo confirma. En la batalla de las ideas, la izquierda gana. No porque sean mejores, más efectivas, sino porque alcanzan el objetivo pretendido; convencer. Y quién convence, vence.