TRICANARUS FERA

TRICANARUS FERA

 

                                      

 

Con tal epíteto, la fiera de tres cabezas, se satirizaba en Roma al contubernio de intereses personales de los triunviros Craso, Pompeyo y Cesar. Tres personajes que, movidos exclusivamente por sus ansias personales de poder, unieron sus particulares intereses para adueñarse Roma, con el objetivo de derrocar a la República e instaurar la monarquía, indeseable para Bruto y los suyos como forma de tiranía. El poder era su primigenio objetivo, y el resto, leyes, Senado, simple anécdota. Con el tiempo, entre ellos se eliminaron, alcanzando el poder quién, ya completamente calvo, fue apuñalado junto a la estatuto de su antiguo consuegro, Pompeyo. Los tres eran engreídos, vanidosos, opulentos, victoriosos, pero, finitos. Tampoco eran tiempos en los cuales se estableciesen grandes acuerdos de gobierno, ni las intervenciones de Cicerón implicasen grandes compromisos electorales. No, las disputas se solucionaban de otra forma, acudiendo a sicarios, clientes y demás maleantes que, con bastones, porras o excrementos de vaca, resolvían las contiendas entre esos “pares”.

A fin de cuentas, poco han cambiado las cosas en nuestro mundo actual. Ya no se trata de ofertar unos puntos ideológicos, más o menos firmes, para provocar la elección del ciudadano; ni tampoco de anunciar que, detrás de ellos y con su motivación, seguirán las acciones y conductas coherentes con tales proposiciones, las cuales se ampararán, consecuentemente, en la promulgación de las pertinentes leyes. No, si ese pudiera ser el camino ideal para alcanzar el poder político, el ejecutivo, no se correspondería con la senda elegida ni por el socialismo de Sanchez, ni por el marxismo de Iglesias, ni por el ensueño de Rivera. Todos ellos, aunados, están creando esa “fura” de tres cabezas, a la cual, como tiene dicho el bolivariano Chávez el pueblo le ha dado el poder.  Todos ellos, agrupados o en colectivo, se han presentado a unas elecciones proclamando sus virtudes y ahora, al más puro estilo del rey francés Enrique IV – el de París bien vale una misa – se esmeran en limar asperezas, ahorcar conceptos, eliminar propuestas, silenciar quejas, pues, todos, incluso aquellos frickis de Arriola, no ansían sino el poder, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. 

Siendo lamentable es una realidad palpable que a ninguna de esas tres cabezas les preocupa ni inquieta el mañana. Hay tanto odio para con todo aquello que no les acompaña que están dispuestos a caminar juntos por la senda que les marca ese rencor, sin preocuparse de nada más. Se trata de alcanzar, el objetivo a costa de renunciar a sus principios más íntimos. Es el contubernio del odio como forma de colectivización del gobierno. Unos y otros, entre pataletas no tan infantiles, entre chulescas recriminaciones, entre elevados auspicios, han convertido lo que debiera ser un Congreso de alta política, en un mísero patio de colegio en el cual intercambiarse recíprocamente los cromos. Y es que el objetivo es demasiado codiciado para detenerse en bagatelas como el bienestar de la sociedad o el bien común. Esas tres cabezas, con sus fauces, anuncian no el actuar de Chonos devorando a su hijo, sino que serán éstos, frickis o no frickis, quienes despedazarán al padre dios. Serán los hijos de España, quienes no duden en disminuirla hasta su última expresión. Ninguna de esas cabezas, ni mucho menos las otras que les rodean, tienen el menor sentimiento de afecto hacia la nación que los vio nacer. Todos ellos – socialistas, marxistas, republicanos, nacionalistas, separatistas…- anteponen el objetivo de su odio a un interés común o a un proyecto de nación que les provoca arcadas. Hemos creado, entre todos, la bestia y ahora tendremos que soportar que ella acabe con nosotros. No hay otro futuro. Chávez lleva camino en convertirse en un nuevo Cid, al haber procreado,  acunado y amamantado  al tirano que está a punto de alcanzar el poder desde la misma esencia de la democracia; el voto.

Y mientras tanto, el sentimiento de orfandad, de abandono, de desaliento en quienes no nos sentimos rozados por el dedo de Marx, es absoluto. El ciudadano liberal, amante de la libertad, creyente en el compromiso, está viendo, atónito, como nada se mueve, todo está aquietado sea por la desidia, sea por la ansia personal ya alcanzada,  sea por el interés íntimo cubierto. Su mundo está silente, amansado, mientras contempla como una nueva troika va bajando por la Carrera de San Jerónimo. Una troika que arrasará con la educación privada, con la sanidad privada, con la economía privada, con el libre mercado, con la iniciativa privada. Mirarse al espejo del Madrid de la abuelita Carmena es adelantarse al futuro que nos espera. Y Rajoy, apostando nuevamente por la cantera; Celia, Alicia, Javier, Jorge, Santiago, Cristóbal…, todos ellos “jóvenes” promesas de la política española que embelesan al ciudadano dada la novedad que significa sus treinta años en el machito. Si no hay algo milagroso que lo remedie, el PP va a morir no de ancianidad, sino del vigor juvenil que los nombrados expelen. Y mientras tanto, España camino de su descuajeringue. Otra vez. Por lo visto es nuestro sino.