En la época de la Alemania nazi se quiso acabar con las fiestas religiosas y una las medidas era justo esta: Dar prioridad al solsticio frente a la Navidad. El objetivo de los líderes nazis era acabar con la Navidad porque se celebra el nacimiento de un judío.
Pues bien, la alcaldesa de Barcelona ha decidido lacelebración de la Feria de Consumo Responsable, una feria de catorce días que tendrá lugar en la Plaza de Cataluña y que, según Colau, forma parte de “una propuesta de economía plural y sostenible” porque se va a fomentar el “consumo responsable y de proximidad”. Se trata de loar el solsticio de invierno atribuyéndole la adoración a la luz, al sol, dado que a partir de tales fechas los días se alargan. Efecto pretendido: desdibujar la celebración de la Navidad, sustituyendo el espíritu navideño, por el espíritu pagano de adoración al sol, Huitzilopochtli, al más puro estilo maya o inca. Sin duda alguna, una gran originalidad por parte de dicha alcaldesa; hacer retornar a la civilización occidental, europea, al siglo XIV, con el gran contrasentido – producto de su ignorancia – que tal civilización azteca también tenía una adoración especial al oro, símbolo de su divinidad solar. O sea, que no favorecía especialmente el consumo responsable ni la economía sostenible, al menos en su aspecto religioso. Y siguiendo el espectáculo no podía faltar Ahora Madrid con su infeliz alcaldesa al frente: La ceremonia del kimono japonés, degustaciones de comida la árabe, danzas africanas, villancicos del este de Europa, poesía serbia, músicas palestinas, cine coreano, cuentos indios, juegos irlandeses o talleres internacionales serán los platos fuertes que se ofrezcan del 26 de diciembre al 5 de enero. Contará con un amplio calendario infantil que sustituye al programa de la Ciudad de los Niños de años anteriores. Todo ello, se supone que, la superada alcaldesa considera que está imbricado en ese manido espíritu navideño.
Mientras tanto, Pamplona ruge ante una exposición que, para la presidenta abertzale Uxue Bakos es expresión de la libertad artística, y para el alcalde es un fastidio que sea objeto de protesta por los ciudadanos que se sienten ofendidos en sus creencias religiosas. Si lamentable es el espectáculo de las formas configurando una palabra, más deprimente es su defensa que hacen de ella los susodichos gobernantes. Unos personajes que no gobiernan para todos, ni aplican la ley para todos, sino que atienden exclusivamente a sus intereses y a sus acólitos. Para este tipo de políticos, si los que se quejan, los que demuestran indignación, son cristianos, no se merecen de ninguna atención o respeto. Ni muchísimo menos que se aplique una ley vigente, y que desearían derogada. Las diferencias son abismales cuando se trata de colectivos que les son ajenos, con respecto a otros que les son próximos ideológicamente. Si es la derecha la que exige o protesta o reclama aplicación de la ley, para Bildu, para PSOE, para Podemos o para IU, no hay motivo ni causa. Es pura histeria doctrinaria. Ni sus personas ni sus derechos ni sus sentimientos merecen de atención alguna.
Diferente sería si fuese a la inversa. Ahí está el ayuntamiento de Palma, conglomerado de partidos que se reparten el poder ejecutivo ante el fracaso de la llamada derecha. A buenas horas habrían admitido, se habrían mantenido silentes, se retirarían hasta la oscuridad, si un gobierno municipal no socialista se hubiese atrevido, sin consenso, sin consulta o simplemente sin una comunicación, a retirar el cuadro de Emilio Darder o de Don Francesc, y colocarlos en un rincón. Los sables verbales, las camisas de cien colores, los “crida” habrían surcado la sala de Plenos, los despachos, las calles y plazas, reclamando un rebus sic stantibus, sin discusión ni gesto alguno. En cambio, ellos, los que tienen la razón por insuflación de origen desconocido, tienen patente de corso para hacer y deshacer a su antojo. De ahí, de tan “democrática” conducta surge la imagen, tan ansiosamente deseada, de ver como preside la susodicha sala no el Rey, no un crucifijo, sino el rostro sereno de Don Francesc y el del idolatrado doctor Emili Darder. Esos son las nuevas deidades instauradas por unos políticos que, en la oposición, reclaman, exigen, reivindican consenso, pero cuando están en el gobierno aplican su doctrina sin miramiento alguno, aunque sea de noche, con las puertas cerradas a los curiosos y sin alharacas. Son el símbolo de la autarquía que tanto vilipendian y escarnecen en el adversario y sus modos, pero que imponen sin rubor los suyos, mientras un clamoroso silencio sale del referido espacio adversario. Ante tales conductas, siempre un ruidoso silencio.
El 'premier' David Cameron, refiriendose a Inglaterra, se ha expresado de muy diferente manera; "Somos un país cristiano... y no debemos tener miedo de decirlo... lo que estoy diciendo es que la Biblia ha contribuido a dar al país una serie de valores y una moral que hacen que Reino Unido sea lo que es hoy. Valores y moralidad que hay que defender activamente. La alternativa de la neutralidad moral no debe ser una opción. No puedes luchar contra algo con nada. Porque si no defendemos algo, no podemos estar en contra de nada". Y es que, por un dudoso temor a la descalificación peyorativa o, por el contrario, a una calificación despreciativa, los políticos, los otros políticos, se acogen a esa nada, sin defender ese “algo” que nos viene acompañando desde hace muchos, muchos siglos; que pertenecemos a la civilización surgida de Roma y del Cristianismo. Mientras sintamos vergüenza, mientras tengamos esos indecorosos respetos humanos, mientras no nos sintamos orgullosos de nuestro ADN como nación, como pueblo, seguiremos cediendo terreno, esencia, dignidad y vivencia a todos quienes menosprecian nuestra naturaleza, nuestros valores, los mismos que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.
Y entretanto vamos caminando con nuestra presuntuosa neutralidad a cuestas y ese ruidoso silencio, el reputado biólogo y ateo confeso Richard Dawkins se atreve a afirmar; “Si alguien se ofende por algo tan trivial como una oración, es que merece ser ofendido”.