1. Henry Armstrong, el difunto.
Me siento encajonado sobre algo mullido, que huelo muy suave e incluso me insinúa que es blanco. Desearía abrir los ojos y comprobar que es cierto, que lo que mi mente asimila es un forro de satén blanco, celestialmente blanco. Aunque, Henry Armstrong, en estos instantes todo ello te importa un bledo. Hace unas horas alguien a mi lado dijo que estaba muerto, que no respiraba, que el espejo colocado ante mis labios no se enturbiaba por el vaho de mi aliento. Me pregunto si es verdaderamente cierto cuando he podido escuchar la afirmación rotunda «está muerto», sin que la acompañase ningún sollozo, ningún lamento. Después, en forma atropellada alguien me ha colocado una camisa, un pantalón y unos zapatos de anudados cordones, al tiempo que otra persona manoseaba en mi cuello. Al cabo de unos minutos he experimentado la sensación de esponjoso sobre duro, de blanco sobre negro. El trajín hasta no sé dónde no ha provocado que ni un milímetro mi cuerpo se moviese, como si estuviese pegado a ese algo blando y suave. He intentado gritar, soltar mi voz al viento, pero algo me lo impide, algo cierra mi mandíbula permitiéndome solamente remover mi lengua. O eso al menos es lo que creo. Una extraña sensación en la boca del estómago me acompaña desde hace tiempo, dando tumbos en un espacio desconocido de mi cuerpo, al mismo tiempo que ese algo, dentro del cual estoy viajando, traquetea sobre lo que adivino una carreta de grandes ruedas. También puedo escuchar la melodía que surge de una voz de hombre, con el acento y la cantinela típica de los negros. Debe ser quien está empujando la carreta, llevándome a un destino que, de estar muerto, no puede ser sino una fosa. Y si es así, si voy camino de la sepultura, si es cierto que Henry Armstrong «está muerto», donde me hallo es en el ataúd que será mi morada hasta la eternidad. El hombre sigue cantando una letra sin rima que habla de «medicina», de «experimentos», de «paga», de «cadáver». No comprendo nada de lo que dice, pero lo cierto es que la canción del negro me resulta sumamente desagradable. El hombre se calla y el traqueteo de la carreta se para al mismo tiempo. Percibo que la caja se va desplazando desde un terraplén hasta quedarse inmóvil, para acto seguido empezarse a oír cómo algo está cayendo sobre ella. No me resulta complicado adivinar que está rellenando la fosa con tierra, al tiempo que la letra de su estúpida canción deviene un solo sonsonete, «pronto nos volveremos a ver, Henry Armstrong, pronto», que, tenuemente, se va apagando hasta que llega el completo silencio. Silencio que, en mi interior, sólo rompe esa extraña sensación que parece bailar en mis entrañas, como si estuviese buscando una salida por la cual exhalarse y desaparecer. No puedo dejar de pensar en ella, en seguir mentalmente sus movimientos espasmódicos, adivinar dónde se halla, hacia dónde se encamina, por qué no me duele. Es una forma de distracción, de entretenimiento en quien sabe que no está muerto, o al menos, eso es lo que cree. Resulta difícil dejar de pensar en la muerte, en el forro del ataúd, en el hombre negro, en su estúpida canción, en su extraña despedida. En estos momentos lamento no haber hecho testamento dejando claro que no era mi deseo un ataúd de madera, sino de cartón frágil y rompible; que exigía ser enterrado en un túmulo de sólo dos palmos de tierra sobre la caja de cartón; que me colocasen un silbato cerca de los labios, o una campana próxima a mis manos. Pensamientos estúpidos y fuera de tiempo. Henry Armstrong, vivo o muerto estás dentro de un ataúd, en una fosa tapada con más de dos palmos de tierra y, para tu pesar, todavía sigues rumiando que estás vivo, o al menos, que no estás muerto. La pregunta es hasta cuándo. Si hubiese sido un hombre ilustre, un gran orador, un político prestigioso, alguien con currículo destacado seguramente me habría rodeado no el silencio y la soledad sino decenas de hombres y mujeres que habrían acudido a llorar o lamentar mi muerte. Y, en tal escenario, me habría sido más fácil hacer notar que sigo vivo, que no estoy muerto, que oigo voces y sonidos, que paladeo el regusto de la tierra en mi lengua, que deseo abrir la boca y gritar mi nombre como demostración de todo ello. De suceder así me habrían oído y se habrían dado cuenta de que su amigo, su conocido, el ilustre Armstrong no es un cuerpo inerme, sino un espíritu vivo que desea ser sacado de su encierro. Sin embargo, nada oí, a nadie escuché y, ahora, mis pensamientos son baldíos e inútiles. Sea como sea, lo cierto es que mi futuro, en estos instantes, no es sino la misma muerte. A no ser que alguien se pueda haber apercibido de que «todavía» no estoy muerto.
De pronto se oye el remover de la tierra, alguien está excavando en ella. Adivino que ya se aproxima la pala, que quizás es el negro de antes que, dudando que esté muerto, está cavando y retirando la tierra para sacar mi cuerpo y comprobar que sigo vivo. La agitación invade mi mente y la sensación del estómago parece expandirse, engrandecerse. El sonido metálico de la pala resuena sobre la tapadera del ataúd, retirada ya toda la tierra. Están manipulando sobre ella, intentando abrirla sin resultado. El leve sonido de un roce con la hendidura me anuncia que la tapa va a saltar de un momento a otro, mientras la bolsa danzante no para de moverse de arriba a abajo, en la punta de mi estómago, en mis entrañas. De repente salta la tapadera e, involuntariamente, al mismo tiempo mi cuerpo se incorpora dejándome sentado en medio del ataúd. A través de mis párpados veo a mis pies una mole de hombre que supongo es el negro, a dos figuras al borde de la fosa y el destello de un relámpago que, de tener los ojos abiertos, me habría deslumbrado. Así habría permanecido el tiempo suficiente para que los tres personajes percibiesen que mi apariencia cadavérica no era tal, sino que todo en mi rezumaba vitalidad. Sin embargo la sensación que llevaba horas acompañándome en mi interior empezó a desvanecerse. Por un lado, lo que ya colegí como flatulencia se expandió por su camino connatural, mientras mis labios dejaban escapar otro resto que había ascendido hasta ellos. Al propio tiempo que resollaba cual caballo, mi torso fue cayendo lenta pero definitivamente sobre el mullido forro de mi ataúd. En aquel momento, comprendí que había exhalado mi último resuello. Lo que sucedió después me resulta completamente desconocido. A decir verdad, sabido ya que estoy muerto, lo demás me importa un bledo.
2. Jess, el negro.
Conocía perfectamente el camino hasta la Facultad, por lo cual no me fue difícil llegar hasta ella y dejar el caballo atado por el ronzal a la verja del patio trasero. Estaba seguro que aquellos dos timoratos estudiantes aparecerían de un momento a otro. No me cabía duda que el efecto que había provocado en todo su cuerpo el acontecimiento vivido había sido especialmente impactante. Incluso a mí, Jess Mortimer, me produjo un cierto espanto, pero, a todo se acostumbra uno cuando lleva años y años levantando tapas de ataúdes, retirando huesos y rebuscando entre los restos algo que tenga un poco de valor. A fin de cuentas, ellos, los muertos, ya no lo necesitan para nada en donde se hallen. Al pobre Henry Armstrong tampoco le hacía falta ni su propio cadáver, por ello me avine a ayudar a los dos pretenciosos estudiantes y a proporcionarles un estupendo y reciente cadáver, al cual, con toda seguridad, nadie echaría en falta. A decir verdad, la noche, empero ser veraniega, resultó algo lúgubre. Aquellos relámpagos, de tormenta seca, retumbaban en todo el horizonte, mientras sus destellos iluminaban cielo y tierra. Cuando cogí la pala y empecé a excavar comprendí que la elección había sido la correcta. La tierra estaba esponjosa y la hoja entraba con suma facilidad, sin casi esfuerzo, en el túmulo rojizo. Con los dos jovenzuelos próximos a la fosa contemplando la escena, seguí cavando y amontonando la tierra a un lado. Todavía no había llegado a la profundidad en que se hallaba el ataúd pero ya podía adivinar que el pobrecito Henry Armstrong se hallaría cómo le había dejado por la mañana, boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el pecho, con su camisa blanca, su pantalón negro y con la mandíbula atada con un pañuelo para impedir que le quedase abierta. Allí estaría el hombre corriente y normal que seguramente habría muerto de alguna enfermedad, que habría vivido de forma ordinaria, sin grandes alharacas ni grandes éxitos. No sé por qué motivo, cuando daba los últimos golpes de pala que ya tropezaba con la tapa de la caja, cruzó por mi mente el pensamiento de que, quizás, a más de uno lo pudiera haber enterrado con vida. Para mis adentros me dije que no hubiera sido nada anormal en los tiempos que corren, durante los cuales los hombres y mujeres viven sus vidas de forma apresurada, sin continencia alguna y tal como pasan por la vida igual también se van de ella, sin darse cuenta de que están muertos o creyéndose que lo están.
Cuando despejé completamente de tierra el ataúd, los dos jóvenes se aproximaron un poco más hasta el borde de la fosa, anhelando ver lo que iba a ser el objeto de sus proyectados experimentos. El destello de un nuevo rayo iluminó todo el cementerio y a su luz vimos aquella tapa todavía brillante y con el reluciente color caoba de la madera. Intenté abrir la tapa con las manos, pero el cierre estaba atorado o alguna piedra le impedía saltar. Volví a coger la pala y coloqué su punta entre la rendija de la tapa al tiempo que empujaba con fuerza hacia abajo. La tapa saltó con estrépito, con el chirriante crujido de la madera al cual se unió el centellear de un relámpago que hizo resplandecer el blanco impoluto de la camisa de Henry Armstrong. Al unísono el torso de Henry se incorporó, como impulsado por un suave muelle, hasta quedar perfectamente sentado en medio del ataúd. Un nuevo rayo zigzagueó en el cielo y trueno y chispa semejó que habían caído a los pies de los dos estudiantes. Vi cómo se alejaban cual alma que lleva el diablo sin detenerse ni un instante para mirar hacia atrás, despavoridos por aquella resurrección que debían imaginar castigo por su atrevimiento. Dejaron atrás el carruaje y saltando por encima de lápidas, fosas y sepulcros, tropezando, cayendo y levantándose alcanzaron la verja de la calle y desaparecieron de mi vista. Sin lugar a dudas aquello no era para jovenzuelos apocados, estudiantes de pacotilla, que no habían aprendido todavía que la vida ofrece muchas sorpresas al tiempo que obliga a no desaprovechar ninguna oportunidad. Hacía demasiados años que estaba trabajando como sepulturero en aquel cementerio, por una mísera paga, soportando el hedor de la muerte, los vahos de los cuerpos putrefactos, el tufo de la madera podrida, para despreciar una oferta tan generosa como la que me habían hecho los fugitivos estudiantes. Al fin y a la postre «conozco a todas las ánimas del lugar», les dije. Y a Henry Armstrong lo había colocado hacía escasas horas en su lugar de reposo definitivo. En estos pensamientos me hallaba cuando pude escuchar el resoplido. Miré hacia el hoyo y comprobé que el cuerpo de Henry volvía a su estado anterior, al tiempo que por sus entrecerrados labios salía expedida una larga bocanada de aire, que provocó un sonido que me recordó el bufido de mi caballo. Cuando contemplé a Henry Armstrong nuevamente tumbado por completo me pareció incluso más relajado, como más definitivamente muerto. Y así seguía, totalmente desnudo colocado sobre una larga mesa, mientras esperaba que de un momento a otro llegasen los dos huidos estudiantes. Ya estaba amaneciendo cuando entraron. Todavía podían escucharse en el ambiente de sus rostros y en sus miradas las frases de sorpresa y pánico ante lo que acababan de contemplar. Estaba completamente seguro que, venciendo el estupor de ver el carruaje en la parte trasera de la facultad, se aproximarían al recinto, como efectivamente había sucedido. Permanecí sentado en un banco, comprobando cómo, atónitos, los dos estudiantes entraban en la sala para descubrir el cadáver de Henry Armstrong, con un reguero casi seco de sangre en la frente, rodeado de una mancha de arcilla.
— Aquí lo tenéis. Ahora falta mi paga — les dije —. Este negro también come todos los días.
Sin conseguir decir una sola palabra, rebuscaron entre sus bolsillos mientras extendía mi mano ante el temor de que, por el temblequeo de las suyas, las monedas cayesen al suelo. Salí de la sala, me encaramé sobre el carruaje y, dando un golpe de bridas, ordené al caballo que arrancase. Mientras me alejaba de aquel lugar me dije; «Jess, hiciste bien en golpearle con la pala. Esos cretinos nunca se hubiesen creído que estaba verdaderamente muerto”. Puse una mano en el bolsillo y acaricié las monedas, mi paga. Miré hacia el cielo y, ya sin rayos, sentí que sí, que era un amanecer de una noche de verano.
3. Peter, el estudiante.
El maloliente y húmedo cuartucho en el cual me hallo resulta menos lúgubre pero mucho más desagradable que la sala situada en la parte trasera de la Facultad. Cuando, junto con Bertrand, entré en ella, ambos ya sabíamos lo que nos íbamos a encontrar en su interior. El desvencijado carruaje estaba atado a la verja y el aire olía a la ropa, impregnada de muerte y tierra húmeda, del negro Jess. Ni a mí ni a Bertrand su olor nos había importado demasiado cuando, hace dos días, habíamos acudido al cementerio para intentar convencerle de que nos proporcionase un cadáver para abrirlo y diseccionarlo. Necesitábamos profundizar en el análisis de la musculatura de un hombre, mejorar nuestros conocimientos sobre su anatomía, dejando de lado, por unos instantes, los volúmenes de texto. A fuer de sincero, no fue nada difícil convencerle, ni tampoco demasiado costoso. A ambos nos dio la impresión de que no era la primera vez que Jess se avenía a un trato como el nuestro. Cuando llegó la noche convenida y regresamos al cementerio, el negro ya tenía preparada la pala y el carruaje y nos dijo que habíamos tenido suerte.
— Esta mañana he enterrado a vuestro hombre. Se llamaba Henry Armstrong y, por la soledad en que lo hice, debió ser un pobre hombre — nos dijo el negro sepulturero —. ¿Y la paga?
— Al terminar el trabajo, en la sala trasera de la Facultad — le contesté.
Sin más palabras, el negro agarró al caballo por el bocado y nos encaminó hacia la sepultura del tal Henry Armstrong. La noche era templada, típica del verano, con el cielo completamente despejado y una luna creciente alumbrando tenuemente nuestro camino. Al traspasar la verja del cementerio un destello se vio en el horizonte, sin la compañía de estrépito alguno.
— Se aproxima una tormenta seca — sentenció Jess, sin que comprendiésemos a qué se refería exactamente.
Un nuevo relámpago centelleó acompañado ya de un tenue trueno. Si hubiese llovido habría podido decirse que la noche era absolutamente tétrica. Aunque con lluvia o sin ella, nuestro cometido era macabro. Me molestaba la compañía de aquella tormenta sin aguacero, que me parecía una invitada indeseada. A medida que nos íbamos adentrando entre tumbas, losas y sepulturas, los rayos y las centellas arreciaban como si deseasen iluminar nuestra senda. Una ruta que Jess conocía, sin duda alguna, como la palma de su mano por la destreza con que dirigía el penco por entre los vericuetos de su cementerio. Llegados a nuestro destino, Jess empezó a hundir la pala en la tierra que, a simple vista, se apreciaba esponjosa y no apisonada. No tardó ni diez minutos en retirar toda la tierra del túmulo, para dejar al descubierto un ataúd todavía reluciente y brillante, como recién salido de la funeraria. Los dos nos aproximamos a la fosa para ver lo que estaba destinado a ampliar nuestra sabiduría y ciencia. Jess no consiguió abrir la tapadera con sus manos, y tuvo que utilizar la pala, entremetiéndola entre la tapa y la base de la caja. El crujido que provocó la tapadera al saltar fue chirriante, estremecedor. Pero más lo fue el ver como el cuerpo de Henry Armstrong, lenta pero decididamente, se incorporaba hasta quedar sentado en medio del ataúd. Al primer segundo vimos su mandíbula atada con un pañuelo, sus pantalones y sus zapatos negros, destacándose sobre el blanco satén del forro del féretro. Y cuando llegó el siguiente segundo, vino acompañado de un centelleante rayo que iluminó la blanca camisa del resucitado Henry Armstrong al tiempo que el trueno se oyó como si restallase a nuestros pies. Nos dimos la vuelta inmediatamente, dejando atrás el cuerpo, el féretro, la fosa, al negro Jess y su jamelgo. Corrimos guiados por el miedo, por entre losas, lápidas, túmulos y cruces. Tropezando y cayendo, impregnándonos las ropas del verde de la hierba y del rojo de la tierra. No paramos hasta dejar muy atrás la verja y el muro que rodea el cementerio.
— ¡No estaba muerto el cabrón¡ — grité — .Y si lo estaba, resucitó.
Sin resuello seguimos andando un buen trecho, hasta llegar a las primeras casas y andar a la búsqueda de algún bar de carreteros. Nuestra apariencia no era la más adecuada para unos estudiantes de medicina, pero ello nos importó escasamente cuando, al entrar en la primera taberna, los clientes madrugadores nos dedicaron miradas de sorpresa. Sin duda alguna era una hora más propia de café que de alcohol, pero no pude por menos que pedir en la barra unas copas de coñac caliente para los dos. Nos sentamos en una de las mesas libres.
— ¿Tú crees que ha resucitado? — me preguntó con tono de incredulidad mi amigo Bertrand
— Yo sólo sé que se ha incorporado nada más abrirle la tapa del ataúd. Y que ello no es muy normal en alguien que está muerto y enterrado — repliqué.
— Todavía me tiemblan las piernas del pánico — y a continuación se bebió de un solo trago todo el contenido de su copa.
A decir verdad, a mí también me palpitaba todo el cuerpo y una copa no fue suficiente para tranquilizarlo. Allí seguimos Bertrand y yo, durante un buen rato, quitándonos el miedo con otras tres copas de coñac caliente, hasta que decidimos salir afuera, dejando atrás los rostros extrañados de aquellos carreteros que esperaban que amaneciese para iniciar su trabajo. Anduvimos sin rumbo un buen rato, hasta que, sin apercibirnos de por dónde habíamos caminado, nos encontramos ante la puerta trasera de la facultad. Allí estaba el carruaje de Jess y al verlo intuimos que él debía estar dentro. Efectivamente, allí estaba el negro y a su lado el cadáver desnudo de Henry Armstrong. Las piernas empezaron a no responderme, al tiempo que mis manos iniciaban una convulsión imparable. En aquel cuerpo desnudo, pálido, cadavérico, sobresalía una mancha roja en la frente. No cabía duda, si Henry Armstrong había resucitado ante nuestra presencia, ahora, definitivamente, estaba muerto. El negro Jess extendió su mano al tiempo que solicitaba la paga convenida. Bertrand rebuscó en su bolsillo y, sin lograr decir una sola palabra, le tendió las monedas pactadas. Cuando Jess abandonó la estancia, nos hallamos frente a aquel cuerpo que había sido el objeto de nuestro deseo. Y de pronto nos dimos cuenta de que había que trasportarlo a la sala de disecciones, en absoluto silencio.
— Demasiado tarde, Bertrand — dije — . Está a punto de amanecer. No podemos ir con ese cuerpo por los pasillos. Habrá que esconderlo para que nadie lo encuentre. Pero… ¿dónde?
Aquella situación no la teníamos prevista. Se suponía que debíamos trabajar durante toda la noche, para retornar el cadáver manipulado a su fosa antes de que amaneciese. El maldito negro nos había hecho una mala jugada dejándonos el cadáver a aquellas horas y nosotros habíamos sido lo suficientemente estúpidos para consentirlo. La luz del amanecer ya penetraba en la sala cuando decidimos trasportar a Henry al almacén contiguo para esconderlo durante todo el día y retornarlo a su tumba por la noche. Busqué y encontré una alfombra, colocado el cuerpo sobre ella y la enrollamos, nos decidimos a abandonar el lugar para dirigirnos al almacén. Aquello fue un grave error. Abrir la puerta del almacén, recibir el impacto de la luz de una bombilla y la mirada sorprendida del encargado fue todo uno. Esta vez no hubo destello de rayo alguno, pero, las piernas volvieron a su trepidar ya habitual en aquella maldita noche. Bertrand, inconscientemente, soltó el lado de su alfombra, y el resucitado Henry Armstrong rodó por el suelo. Desde ese instante todo sucedió con una rapidez inaudita. Las preguntas del responsable del almacén, nuestros balbuceos, el aviso a la policía, su llegada, más preguntas y, por fin, nuestra subida al furgón celular, esposados, acompañados de las miradas de completa incredulidad de los policías ante nuestras entrecortadas explicaciones.
— Demasiado alcohol, amiguitos, demasiado alcohol. Además, se os nota que habéis excavado y trabajado en la tierra. Me da la impresión que vais a precisar de algo más que imaginación para salir de este atolladero.
En el interior del furgón el policía siguió hablando, pretendiendo que le explicásemos con todo detalle cómo y por qué habíamos desenterrado al difunto y a qué se debían aquellos restos de sangre en la frente. Y las manchas de tierra en nuestras ropas y el profundo olor a coñac de nuestro aliento. Cuando llegamos a Comisaría y nos adentraron en este maloliente y oscuro cuartucho, también llegué a la conclusión de que nos sería muy complicado el que un juez llegase a comprender todo cuanto nos ha sucedido en esta tempestuosa noche de verano. En tales pensamientos estaba cuando oí a Bertrand exclamar:
— ¿Y si fuese verdad que resucitó?
— Nos acusarían de asesinato, Bertrand, de asesinato.
Hasta aquí todo cuanto nos ha sucedido, contado con pelos y señales. Por ello, papá, te ruego que me creas, que todo cuanto te he descrito es la pura y única verdad y como a tal se la hagas llegar al tío Harold para que prepare la defensa y nos saque de este asqueroso cuartucho, que más que calabozo parece mazmorra. No nos dejes solos, papá, por favor. Un abrazo de tu hijo Peter que te quiere.
Pennsylvania, una noche de verano de 1903.