“Qusque tandem abutere Catalunya patientia nostra?” Son ya varios los años en los cuales el resto de españoles venimos soportando no solamente el desprecio sino la presión de un colectivo de políticos y abanderados del independentismo, sorprendido, cada vez más, por su prepotencia y engreimiento. Hemos aguantado hasta la saciedad el “España nos roba”, mientras el FLA seguía alimentando las arcas de la Generalitat para abonar deudas y más deudas de dicha institución. Hemos regado con miles de millones de pesetas unos Juegos Olimpicos y cientos de reformas o mejoras en carreteras, trenes, puertos, aeropuertos, mientras las administraciones autonómicas crecían y crecían engordando el déficit público hasta límites insospechados. Y ahora, en estos días, después de un esperpento más, contemplamos como se llega a un acuerdo sangriento y se instala en la presidencia de la Generalitat a un radical independentista, cuya primera promesa en alcanzar la independencia catalana en el plazo de dieciocho meses, cerrando su discurso de investidura con un “Visca Catalumya lliure”. Y todos, hasta el Ministro del Interior en funciones, tan campante. E incluso sonriente y dispuesto al aplauso cuando la toma de posesión del Puigdemont, sin mención alguna a su compromiso de acatar la Constitución, ni a lealtad alguna al Rey. O sea, que tal formulismo se limita a ser un requisito formal que condiciona la posibilidad del ejercicio del cargo en plenitud de disfrute de prerrogativas y funciones…, debe ser cumplido en sus propios términos», señaló el TC en la sentencia 74/1991. La cuestión, a partir de ello, radica en si tal ejercicio “en plenitud” se dará después de un acto como el comentado que desprecia la fórmula legal, que evidentemente pasa por encima de la legalidad y que, expresamente, obvia que la Generalitat, como todos los gobiernos autonómicos, forman parte de la suprema institución del Estado Español.
“Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?” Así cabría preguntarle al llorica Iglesias, ante el espectáculo que se pudo contemplar, desgraciadamente, en el Congreso ayer. ¿Hasta cuando esa locura planificada y orquestada de antemano, en la búsqueda del efecto mediático más evidente, seguirá riéndose del resto de españoles? La constitución del Congreso, con su Mesa, ha quedado absolutamente disipada por el niño Diego, por el gris sucio de Iglesias, por el “pijismo” de Errejón, por los supuestos juramentos o promesas de toma de posesión, e incluso por la imagen de un desgreñado Alberto Rodríguez con sus rastas. El presidente Francisco Javier López Álvarez, más conocido por Patxi - adornado por unos estudios de Ingeniería Industrial que inició en la Universidad del País Vasco, y que abandonó a los 28 años para dedicarse y no dejar la política - no intuyo que haya solicitado un informe de los servicios de la Cámara para que le ilustren acerca de si, realmente, han tomado posesión de su cargo todos aquellos diputados electos que solamente se han referido a los pueblos, a las gentes o a la pluriculturalidad a la hora del dar cumplimiento al art. 108 de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General. De no ser así, no habrían tomado posesión ni adquirido la plena condición de su cargo. Sin embargo, en la España de hoy día, todo vale, todo está permitido, nada está recriminado, ni tan siquiera que un ex magistrado, hoy diputado por Podemos, se sitúe en la puerta del que hubiese sido su Tribunal, para exponer, verter o lanzar sus opiniones jurídicas acerca de unos hechos que ya sabía que iba a condenar de antemano, según el contenido de tales opiniones. Y es que, la locura de unos hombres y mujeres, embebidos de una soberbia inaudita, parece que les motiva a despreciar todo lo ajeno y a repudiar a todo cuanto no signifique ni su trabajo, ni su ideología, ni su esfuerzo, ni sus creencias. Para ellos, profesores, magistrados, militares, estudiantes, profesionales de la protesta o ataca policías – obreros, pocos o ninguno - , incluso hijas ricas de papá, todo cuanto se salga de sus morados círculos, todo cuanto no esté en sus mentes escabrosas, es absolutamente aborrecible y eliminable. Los restantes, todos los que no cumplen con sus requisitos, todos los que no comulgan con sus utópicas locuras, deben ser arrojados fuera del hemiciclo que “okuparon” ayer con sus puños y gestos. Esto, con la ayuda económica de Iran, Venezeuela, Arabia Saudi, Hong Kong, no es sino un asalto al poder para eliminar la democracia de la que tanto dicen alardear como paladines. Si la degradación de la democracia, según Aristóteles, es la demagogia, hay que reconocer que de demagogia los de Podemos pueden dar clases. De limpieza, de seriedad, de pulcritud, más bien todo lo contrario, deberían tomar clases. Y lo más grave no es que ellos sean unos grandes manipuladores, sino que, en todos los medios, en todos, sin excepción, el término que más se lea u oiga es “Podemos” y sus esperpénticos gestos. No cabe duda, lo han logrado: el inicio de la legislatura con la constitución del Congreso y la elección de la Mesa, ha sido una pura anécdota ante el espectáculo orquestado, programado y proyectado por unos hombres y mujeres que están consiguiendo que ya no se les aprecie por lo que dicen, sino por lo que hacen.
Qusque tandem abutere Mariano patientia nostra? Se dice que el gran problema de España es el independentismo catalán, y puede que sea cierto, mas existe una cuestión quizás más peligrosa, más perversa y de más alcance; el intento de destrucción de un sistema político surgido de un gran acuerdo nacional y de un apropiado olvido general. En el 78, no solamente los políticos de ese momento fueron capaces de redactar una Constitución y darla aprobar a los españoles, sino que cerraron una herida, la guerra civil, poniendo a todo el pueblo a trabajar en pro de un proyecto común. Y así, miles de españoles se aventuraron a trabajar por el país, estructurando un sistema legal y político avanzado; se olvidaron de radicalismos sectarios y levantaron la vista hacia un futuro nacional mejor, e incluso configuraron un Estado autonómico sin parangón en el mundo occidental. En todo ello participaron muchos ciudadanos, hombres y mujeres, esperanzados en lograr un estado de bienestar y un país de libertades y derechos. Y hoy, hasta aquí hemos llegado, con sudor, algunas lágrimas, varios fracasos y algunos triunfos. Y no me refiero al Mundial de Sudáfrica. No. Ayer “El Congreso se divierte” no fue la película proyectada en la carrera de San Jerónimo, sino “Sopa de Ganso”, la de “estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”. Sin duda alguna, es asumible que, como decía Mark Twain, ponerse a discutir con un idiota es correr el riesgo de bajar a su nivel y perder puesto que él tiene más experiencia en la materia. Pero no desear ver la evidencia, también tiene un gran riesgo: ser equiparado al resto de protagonistas del esperpéntico espectáculo. Repasar el actual mapa de gobierno conservador, es deprimente. Galicia, por ahora, y Madrid, con Ciudadanos, y la numantina Castilla, son los restos de un anterior mapa completamente azul. Sin embargo, no se trata solamente de gobiernos, sino del estado de salud en la cual se hallan los distintos colectivos autonómicos o municipales. El PP siempre ha podido presumir de unos magníficos cuadros, producto de su gran estructura, pero en la actualidad esos cuadros están huérfanos de mando y de fondo ideológico. Este se ha visto diluido por una marea de obras y omisiones que desdibujan tanto un liberalismo como un conservadurismo modernos. Y lo primero, cae en el desatino y provoca desaliento cuando se comprueba que, una vez más, perder electorado y votos tiene mérito. Ahí están, la Celia, la Alicia, el Hernando, el José Ramón, y tantos otros, aupados a la mejor de las exposiciones políticas, mientras sus particulares huestes se han quedado en simples muestras testimoniales de que el PP existe, como Teruel. Un partido que, cual algarrobo, se ha elevado a gran altura, se ha desarrollado con alargadas ramas, sin embargo, como todo gran árbol, se ha ido pudriendo, ahuecando por dentro en su tronco. Vaciándose de contenido ideológico, de principios, sea por “…tengo otros”, sea por apartarlos de su camino. Y la paciencia se está acabando en sus fieles, Rajoy. Da la impresión que, si echamos la vista al banquillo, el entrenador o está ausente o no está. Y es que la pinza catalanista y populista está ahí, y requiere de mano firme, de expresión de entereza, de seguridad, pero no en las palabras, sino en las acciones. Tanto el peinado al estilo mocho, como el coletas, no desean nada más que hundir este país, para convertirlo en un solar inhabitable. Ambos han surgido de una sociedad que, inauditamente, los ha parido y ahora aupado desde la ignorancia, la inconsciencia y el sectarismo. Este país está tan enfermo que produce hasta curas, obispos, que rezan por la destrucción de su unidad. Tanto el PP como su presidente no pueden quedar impasibles, esperando que escampe, cuando por activa y por pasiva se le está diciendo que usted, y no el PP, puede ser el problema. Si desde el esfuerzo, e incluso desde el sacrificio personal, no se hace frente a ambos problemas, independentismo y populismo demagógico, la democracia en España será historia, a semejanza de la I República. Tanto uno como otro, le han dicho que van a hacer lo que les venga en gana. Y, visto lo visto, al pueblo, a la gente, empieza a importarle un bledo, al ver que los “buenos” o no son tales, o son superados por los “malos”. No es únicamente el bienestar de la sociedad lo que está en manos de su decisión, sino incluso que unos engendros marxistas, producto de una enseñanza pública, gratuita y de calidad, socialista por descontado, nos aboquen a un sistema que, más allá, del relativismo, nos destruya como país de libertades y derechos. Si Iglesias se compara al Lenin bolchevique, si anula todo lo privado, si entroniza al Estado, a lo público, como panacea de todas las virtudes ciudadanas, si bonifica a todo ser “vulnerable”, si impone a los creadores de riqueza porcentajes tributarios próximos al 100%, si anuncia una nueva sanidad, una nueva enseñanza, una nueva justicia, una nueva economía, si desprecia a los obreros forjadores de nuestra democracia, el simbolismo del puño en alto dejará de ser tal, para convertirse en el obligado saludo de todos los ciudadanos.
Quizás sea necesario que salga, señor Rajoy, de su burbuja y entrando en una cantina cualquiera se aperciba que el virus de la demagogia populista se ha extendido mucho más intensamente de lo que sus asesore áulicos le susurran al oído. Por desgracia, no es posible terminar con Cicerón y sus Catilinarias, “Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?” , ya que, en su labor cotidiana, no se ve audacia alguna, ni en sus hechos ni en sus palabras.