Pont de l,Alma

Pont de l,Alma

        Lantín rehuía adivinar cómo había obtenido su mujer aquellas joyas que, evidentemente, no eran baratijas. La confesión del joyero  que las habían enviado a su domicilio rebotaba contra las paredes de su cerebro y confirmaba la compra por un extraño. Eran un regalo, un repetido regalo que podría significar una nueva vida para el viudo Lantín. Llegó hasta su coqueto palacete, penetró en la habitación de su difunta esposa y, de nuevo, abrió la caja de tafilete, viendo la luz aquel cúmulo de sortijas, collares, pulseras de brillantes. A cada segundo aumentaba su perplejidad al vislumbrar cual era su procedencia; un engaño reiterado  en noches de ópera, de teatro o algunas tardes de simple paseo. En la corona de cada billante veía proyectada la escena de su honor ultrajado por  su esposa. Aquellas imágenes se le antojaban impresas en la tabla de las gemas, expuestas a la vista de todos, incluido el joyero. Comprendió que venderlas era poner de manifiesto al todo París la maltrecha honra de un marido excesivamente displicente, quien, ya viudo, osaba beneficiarse del insistente pecado de su esposa. Cerró la caja y con ella bajo el brazo se encaminó hacia el Pont de l,Alma. Al llegar, descendió hasta la ribera del Sena y, escondido debajo del primer arco,  aguardó la llegada de la noche para abrir la caja y dejar que las joyas que contenía se precipitasen sobre el espejo del rio. Su visión duró segundos, la negrura de las aguas absorbió todo destello.

            Cerró la caja al  tiempo que murmuraba:

            - Ahora guardarás una sola joya; mi honor.

              Agosto 2015