Siempre que llegaba a Florencia, experimentaba la emoción de sentir su rostro impregnado del aroma de decenas de intrigas, historias y luchas. En aquella ocasión, tampoco había sido diferente. Carolina recorría la vía Proconsolo, escuchando sus propios pasos reflejados en las fachadas de las casas, que habían permanecido allí desde hacia cientos de años. Fachadas vetustas, con ronchas de patina de tonos ocres. Deseaba alcanzar la Piazza dei Duomo, para contemplar por enésima vez la cúpula de Bruneleschi, con sus ladrillos rojizos, para luego adentrarse en la gran nave central, con su sobriedad y la maravillosa sensación de vacío perenne. Carolina dejó atrás los mármoles blancos y verdes de la fachada, para, superado el atrio, quedarse quieta, en mitad de la nave.
Allí, en esos cientos de metros que ahora tenía delante se habían sucedido los hechos, más salvajes, más bárbaros que nunca lugar sagrado había contemplado. Una mañana de abril, el gran Lorenzo, había sufrido el tremendo acoso de sus adversarios, los señores de Pazzi, con la silenciosa aquiescencia del Papa Sixto IV. La sangre de Lorenzo, y de muchos de los suyos, había corrido por las escalinatas del altar mayor, hasta llegar incluso a la sacristía. Carolina, al rememorar la historia, tenía la impresión de escuchar como los gritos, las maldiciones, rebotaban por entre las columnas, las capillas, hasta llegar al fondo de su ánimo. Sin apenas darse cuenta, encaminó sus pasos hacia el muro norte, en búsqueda del verdadero motivo de aquel nuevo encuentro. Entre dos vidrieras contempló por vez primera el fresco que había motivado su regreso a Florencia. La figura ecuestre de un hombre armado trepaba por la pared, con la tonalidad monocromática que le otorgaba la terra verde. Sin duda alguna, su autor, el artista Paolo di Dono, había logrado un reconocimiento por sus trabajos al recibir el encargo de asistir a Bruneleschi en el levantamiento de la cúpula que en aquel momento la cobijaba. Resultaba curioso que, en pleno Renacimiento, la figura de un caballero inglés se hubiese convertido en el motivo de un fresco, pintado por un florentino, a quién sus paisanos rebautizaron como Paolo Uccello.
Carolina retrocedió unos pasos, para alejarse del tapiz, que, a fin de cuentas, no era el motivo real de su viaje, sino su autor. Después de unos instantes, recompuso su trenca verde, cerró sus presillas, y salió nuevamente a la Piazza, para dirigirse hacia Viale della Giovinne Italie, con el deseo de instalarse en la gran sala de lectura del Archivio di Stato. Hacía semanas que había preparado aquella visita entrando en el sistema informático del archivo, rebuscando entre los cientos de códices, miniaturas, pergaminos, libritos. Eran estos últimos los que la estaban esperando. En el mostrador de recepción, dio su nombre, y a los pocos instantes el professore Sordi, la recibió en su despacho. Sobre la mesa de cristal, reposaban los quadernini que había solicitado. El professore Sordi, le preguntó por la causa de su interés, por cuál era su trabajo, qué pensaba encontrar entre aquellos tres quadernini que, tan extrañamente les había solicitado vía online investigar. Carolina, se explayó en sus respuestas, entusiasmada por las preguntas que, tan delicadamente, le había formulado el Vice director del Archivio.
- Lo que deseo, professore Sordi, es llegar a descubrir quién fue realmente Paolo di Dono, por qué su bautismo por sus compatriotas, como vivió, como murió. Sin duda, como usted sabe mejor que yo, Di Dono, no es un nombre que resalte entre los Donatello, Bruneleschi, Verrochio, como tampoco lo es el pintor Giordano Di Salvo, el autor de esos quadernini.
- Evidentemente, cara — replicó el professore Sordi — di Salvo ni tan siquiera es seguro que existiese. Ninguna tela se le conoce y esos pequeños cuadernos, fueron escritos, efectivamente, en los tiempos de Lorenzo de Medici, pero el que los escribiese di Salvo, es tan leyenda como la propia existencia de su supuesto autor.
- Deseo correr la aventura de desentrañar al personaje. Hace pocas semanas contemplando la tabla de la Crucifixión en el Museo Thyssen, me sorprendí a misma preguntándome acerca de ese hombre que fue motejado de “Pájaro”, Ucello, por sus conciudadanos. Me introduje en su Archivio, desde Madrid, y después de algunos días descubrí la existencia de los quadernini. Por eso estoy ahora aquí, agradeciéndole su amabilidad y deseando ardientemente revisar cada uno de esos libritos, convencida de que, quizás, el cronista de la conjura de los Pazzi vierta luz sobre el personaje — sentenció Carolina.
- Admirable inquietud, amiga mía. Puede disponer de ellos inmediatamente — dijo el professore Sordi mientras empujaba hacia el borde de la mesa con la palma de su mano aquellos libritos de tapas negras del tamaño de una baraja de naipes con los bordes desgastados, que no sobresalían un palmo de la mesa.
Ella los cogió con deleite, y se dirigió hacia la gran sala de lectura, se acomodó en una mesa en el pasillo central, encendió la pequeña lámpara con pantalla de carey, y abrió el cuadernillo numero uno. La letra menuda, los diminutos dibujos de hojas de plantas en los bordes, el leve bosquejo de animales extraños e irreconocibles, los números resaltados en medio del texto, denotaban que habían sido escritos con rapidez, con celeridad, como si la visión de lo escrito fuese a perecer en forma casi inmediata. El autor, Giordano di Salvo, relataba acontecimientos que había presenciado acaecidos en su botega, o en la del maestro Verrochio, dejando constancia de quienes habían intervenido en ellos. En el otro librillo explicaba las mixturas de colores que utilizaba para embadurnar sus telas. El pintor di Salvo, era remirado y puntilloso, explayándose en los detalles que decía reflejaban sus cuadros. Carolina, tensa en alguna medida, leía casi en vertical, esperando descubrir en una página o en otra el nombre que le había llevado hasta aquellos libritos. Iba pasando las escasas páginas del librillo que reflejaban referencias a las plantas, a los animales, a adivinanzas, a relatos de tramas o intrigas palaciegas. Eran como una pequeña crónica del devenir en las plazas, calles y palazzos de la Florencia de Leonardo, de Boticelli, de Miguel Angel, de Toscanelli.
Tomó el tercer quadernini, sin título alguno, y en la segunda página, ralentizó su lectura. La fecha del 26 de abril de 1478, enmarcaba un relato, vivo, penetrante, con pretenciosos destellos de dejar constancia histórica de cuanto habían visto las ojos de su autor. Este, entre la multitud que llenaba las amplias naves, apoyado contra una de las grandes pilastras, dice contemplar el tumulto formado a escasos metros del ábside. Allí, Giuliano di Medici recibe decenas de puñaladas mientras, al otro lado del altar mayor su hermano Lorenzo siente el acero de los sicarios de Salviati y de los frailes que le acompañan. En aquellos instantes, di Salvo, contempla las distintas escenas, removiéndose hacia una nave lateral. En toda la nave retumba un gran grito, mientras contempla la sangre que corre por encima del mármol del pavimento de la Catedral. Di Salvo pretende refugiarse en unos de los austeros confesionarios, y al abrir la portezuela descubre dentro de él, un rostro que la penumbra no logra ocultar completamente, un rostro de hombre severo, que con su simple mirada le implica en un silencio cómplice. Di Salvo, retrocede asombrado de la presencia de aquel hombre en el trágico escenario dispuesto para el asesinato del gonfaloniere de Florencia. Relata que se siente golpeado por codos, empujones, pisotones. La turbamulta, arrastrando al cronista, abandona despavorida la catedral buscando el refugio de la gran plaza, para penetrar en las tabernas que la circundan, antes que sus dueños, llenos de pánico, atranquen las puertas.
Carolina sigue leyendo aquella crónica de barbarie y sangre, odio y traición, ambición y poder, que de primera mano se le ofrece a su lectura. Conoce la historia, recuerda que Lorenzo consiguió huir entrando en la Sacristía acompañado del poeta y filosofo Poliziano, que luego alcanzó el Palacio Medici en la Via Larga y dispuso todo para la gran venganza. Ningún Pazzi, ni el arzobispo Salviati, consiguieron librarse del castigo. Desde la Loggia dei Lanzi, el populacho contempló como el cuerpo de Jacobo di Pazzi, lanzado desde unos de los balconi del Palazzo Vechio, se estrellaba contra el pavimento, derramándose sus intestinos por el embaldosado, con el recibimiento de un griterío ensordecedor. La chusma se desparramó por toda Florencia, dejando a su paso un baño de sangre y venganza. Todo aquello le era conocido, sin embargo, ni una sola palabra sobre Paolo di Dono había hallado. Dejó a un lado el último quadernini, se restregó los ojos, cansados de adentrarse en un texto tan pequeño, para a continuación remover su cuello, deseando dar un poco de alivio a sus cervicales. Miró a ambos lados, mecánicamente, con los ojos cerrados y, al regresar al frente y abrirlos, le vio. Estaba de pie, enfrente de ella, en medio del pasillo. Era un hombre de mediana edad, de bigote reducido, pelo ensortijado, con una americana de pana marrón, pantalones con rodilleras marcadas. Le sonreía, mientras con un movimiento suave de su cabeza solicitaba permiso para aproximarse a su mesa. El jersey de cuello cisne le venía algo ancho, como si no fuese de su talla o hubiese adelgazado.
- Bon jorno, signorina. Mi nombre es Rinaldi Pazzi.
Aquel hombre y su presentación la sorprendieron sobremanera. Carolina le extendió la mano maquinalmente, y al tomársela, sintió esa sensación especial que le invadía cada vez que entraba en Florencia, como si, durante ese gesto, los poros de su mano los rozasen años de historia.
- Veo que ya ha acabado con los quadernini de Giordano. ¿Encontró algo interesante? — preguntó Rinaldi.
- No, no, no he encontrado lo que buscaba… — respondió Carolina con un gesto de asombro — No entiendo…
- Oh, no se preocupe, soy absolutamente inofensivo, y sin ninguna pretensión malévola. Los Pazzi ya no somos lo que fuimos en la República de Florencia. ¿Me permite invitarla a un café? Aquí hay una cafetería bastante buena. Tenga confianza, Carolina, se lo ruego.
No salía de su asombro. Aquel personaje sabía de sus indagaciones, conocía su nombre, y se llamaba Pazzi. Carolina se levantó y siguió la dirección que le indicaba la mano extendida de aquel hombre misterioso en su aparición, pero sinceramente cálido en su apariencia. Llegaron a la amplia cafetería, de paredes acristaladas que permitían adivinar las fachadas y los tejados del Mercado Viejo.
- Estoy absolutamente sorprendida, señor Pazzi. Parece ser que no soy un gran secreto para usted, y sin embargo, para mí usted lo es completamente.
La voz de Carolina no denotaba ningún reproche, ni tan siquiera desconfianza. Había algo en aquel hombre que no le producía ninguna inquietud, como si no fuese la primera vez que estuviesen juntos, conversando.
Rinaldi Pazzi, le sonrió dulcemente;
- La comprendo perfectamente. Debe usted pensar, quién es este atrevido que me importuna en mi labor, qué sabe mi nombre, qué sabe lo que busco, y que, encima, se atreve a invitarme a un café a los dos segundos de haberse presentado.
- Sorprendida, es poco. Aunque, también pienso qué debe tenerme guardado su presencia para que yo haya aceptado su invitación. — añadió Carolina.
- La sacaré de su asombro. Digamos que el professore Sordi me habló hace días de su venida, de su interés por los quadernini de di Salvo. Que era una mujer, una escritora de Madrid, que se desplazaba para investigar sobre un personaje de Florencia, contemporáneo de Leonardo, Miguel Angel… y de los Pazzi, naturalmente, mis antepasados lejanos — Rinaldi calló por un momento, como deseando comprobar el efecto de sus palabras en la mujer — Y, me picó la curiosidad. Supe de su cita de esta mañana, y, al verla cansada, me tomé la libertad de presentarme. Así de simple. Tome su café. Es expresso, al estilo italiano. Corto, amargo e intenso. Luego, podríamos salir a fumar a la calle, y dar un paseo.
- Siempre y cuando me explique cuál es el motivo de su interés, señor Pazzi.
- No, Rinaldi, simplemente Rinaldi. Será más fácil para los dos. Y posiblemente, dentro de un tiempo, usted me permita que la llame Carolina, simplemente, Carolina.
- No es necesario aguardar nada, puede hacerlo…, Rinaldi.
- Gracias, Carolina. Lo que está buscando, no está en esos quadernini, nunca ha estado. Los quadernini que ha leído fueron un depósito al Stato de Florencia por parte de una anciana monja del Convento de Santa Clara. Permanecieron unos años en el Archivo Vaticano, y estudiados e investigados, examinados bajo el famoso Carbono 14, solamente se pudo confirmar que fueron escritos durante los años del gobierno de Lorenzo el Magnífico. Pero nada más. Ni su procedencia, ni su autor, ni tan siquiera si son realmente auténticos. Relatan una historia conocida, sin duda, pero poco más, como habrá comprobado.
- Efectivamente — confirmó Carolina.
- Bien, salgamos a la calle, Carolina. Este lugar me aprisiona. Prego, andiamo. Además no me dejan fumar.
Carolina tomo su último sorbo, acudió a la mesa en la cual había trabajado, recogió los libritos, y los entregó en el mostrador de la sala, devolviéndole la funcionaria el boleto de entrega.
Salieron los dos, sin más, para enfilar hacia el Ponte dalle Grazie, bordeando el Arno.
- ¿Conocía ya Florencia, Carolina? — preguntó Rinaldi.
- Si, es mi quinta o sexta visita a esta encantadora ciudad. Es muy fácil encontrar un pretexto para regresar a ella.
- Certo. Empero todo cambia, y ahora, ya no hay estaciones. Antes, años atrás, llegaba el otoño y la ciudad se aquietaba, desaparecían los turistas, las prisas. Regresaba el silencio. Hoy es diferente. Ya no hay otoños, ni primaveras.
- ¿A qué se dedica, Rinaldi? — preguntó Carolina.
- Investigación. Cuando mi trabajo de policía me lo permite, me dedico a remover el pasado. La historia de los míos, los Pazzi. Desciendo de aquel Jacobo, del cual Florencia contempló sus entrañas. ¿Lo recuerda?
- Si, hace unos momentos lo estaba leyendo, en el último cuaderno de Giordano di Salvo.
- No, el penúltimo quadernini, Carolina, el penúltimo. Hay un cuaderno número cuatro — dijo en un susurro Rinaldi, provocando que Carolina se detuviese, llena de sorpresa.
- ¿Un cuarto quadernini?
- Sí, cuarto. Di Salvo, era muy detallista en todas sus cosas. Tanto que no podía dejar la historia del domingo sangriento a medio terminar. ¿Le interesa?
- Sin duda alguna, Rinaldi. Sin ninguna duda. ¿Lo tiene usted?
- Efectivamente, y no lejos de aquí. Vamos allá, bella española.
Después de sus palabras, giró sobre sus talones, y cogiendo suavemente el brazo de Carolina, dirigió sus pasos hacia la Via dei Neri, retrocediendo en su paseo. La escritora española se dejaba conducir por aquel hombre, un desconocido, sin llegar a entender por qué confiaba en él. Ni tan siquiera tenía la absoluta seguridad de que era quién decía ser, un Pazzi. Incluso, le parecía que aquel nombre, Rinaldi Pazzi, no correspondía a un ser vivo, a un hombre de su tiempo, de su época. Algo la impulsaba a seguirle, al mismo tiempo que en el interior de su pensamiento, le surgía la duda de si efectivamente el hombre que la cogía amablemente de su antebrazo existía en la realidad. Llegaron a una fachada repleta de desconchones, con un gran portón que daba paso a la escalera. Mientras subía por ella, iluminada por ventanas florentinas, Carolina se preguntaba si podía estar en sus cabales, siguiendo los pasos de un hombre que decía ser policía. Rinaldi se paró ante la puerta del tercer piso, la empujó levemente y penetró para encender las luces del pequeño recibidor. Carolina se adentró unos pasos, y contempló la típica vivienda de un hombre solitario. Los libros, apilados en el suelo, junto a la pared, las sillas repletas de periódicos atrasados, las cortinas cerradas, los escasos muebles negruzcos, y la lámpara colgando de la estancia que suponía principal, otorgaban a todo el entorno, una atmósfera de misterio. Rinaldi descorrió las cortinas, y la luz penetró en la habitación, permitiéndole a Carolina descubrir que en las esquinas más libros descansaban en el suelo.
- Perdone el desorden, Carolina. El sueldo de policía no da para muchas alegrías. Siéntese, por favor — dijo Rinaldi mientras acercaba una silla a la mesa — ¿Le apetece un vino?
- No, gracias. Solamente bebo vino, en las comidas, y muy raramente.
- Prego, aguarde un instante, ritorno súbito.
Rinaldi desapareció por la única puerta que, al entreabrirse, permitió que Carolina viese por un instante una cama, deshecha. No había más que dos cuadros en la pared. Una litográfica con un grabado antiguo de la fachada del Palazzo Vechio y otra en la que se adivinaba el perfil de un rostro de hombre grabado en el muro. El perfil no le era nada extraño a Carolina, ni la leyenda que desde tiempo atrás circulaba por los rincones de Florencia, que adjudicaba a Miguel Angel su autoría, reflejando en aquel perfil al deudor que no le abonaba sus emolumentos.
- Podría decirse que fue el precursor de los registros de morosos. ¿No cree? — escuchó a su espalda Carolina, quién al girarse volvió a encontrarse con la mirada afable de Rinaldi adornada con su atractiva sonrisa.
- Si es cierta la leyenda, sin duda. ¿Este es el quadernini número cuatro? — preguntó Carolina, señalando un librito de tapas amarillentas, de las mismas dimensiones que los otros cuatro, que perfectamente cabía en la palma de la mano de Rinaldi.
- Efectivamente, este es — afirmo el policía Pazzi — Se lo dejo inmediatamente, con una sola condición: que no me pregunte cómo llegó a manos de mi familia ¿De acuerdo? — Y sin esperar respuesta lo deposito sobre la mesa, delante de Carolina.
El cuarto quadernini no era como los anteriores. Sus tapas eran de pergamino, amarillento ya por el paso del tiempo. Sus páginas eran algo más finas y los textos venían escritos con trazos más gruesos, diríase que denotaban una mayor lentitud, mayor dedicación en el momento que su autor los plasmaba sobre el papel. Carolina después de hojearlo, regresó sobre la primera página. En ella la figura de un raro pájaro que recordaba a un pelicano, cubría todo su centro, mientras que en el borde serpientes aladas, se enroscaban unas con otras hasta cubrir todo el contorno de la página, convirtiéndose en un marco para el extraño pájaro. No había ningún texto, ningún título, simplemente el pájaro y las serpientes. Giró la hoja y reconoció enseguida aquel perfil que se le ofrecía a su mirada. La policromonia se había casi difuminado, sin embargo, la nariz aguileña, rota en su mismo nacimiento, los labios finos, insignificantes, permitían reconocer inmediatamente al Duque de Urbino. El retrato de Piero de la Franchesca había hecho famoso aquel perfil. Carolina se quedó un momento contemplando aquel rostro que miraba a su derecha, como buscando el inexistente de Battista Sforza, su esposa, al otro lado de la página. Carolina giró la segunda hoja, y en la tercera vio, sorprendida, el perfil de Federico de Montefeltro mirando hacia su izquierda. En él, la mejilla ya no estaba ligeramente sonrosada, ni limpia, ni impoluta, como en el anterior, sino, por el contrario, ennegrecida con trazos que delataban la existencia de una gran cicatriz que corría desde la altura del lóbulo hasta casi el inicio de la boca. Una cicatriz abierta, que, sin duda, en su día había dejado al descubierto un amplio surco en la carne, y que, al no cerrarse, reflejaba el rastro ocasionado por una lacerante cuchillada. Carolina contemplaba extasiada aquella mejilla, mientras a su lado, de pie, Rinaldi encendía un cigarrillo con la punta de otro, sin dejar de mirarla.
Los dedos de Carolina se posaron sobre la esquina superior, en gesto de girar página, y fue en ese instante en el cual lo volvió a ver. El mismo pájaro de la primera página, diminuto, estaba ahí, dibujado. No pudo resistirse y giró las sucesivas páginas y en todas ellas la misma figura aparecía dibujada en la esquina superior, como si de una firma se tratase.
- ¡Un pájaro, un extraño pájaro! ¡En todas las páginas! — exclamó Carolina.
- Así es, en todas las páginas.
Carolina recuperó la tercera hoja, contemplando el texto que contenía, con trazos que eran más gruesos, con letra más grande, más clara, más legible que en los otros quadernini que había leído aquella mañana.
- ¿Le parece distinta letra? — preguntó Rinaldi, sin que su voz denotase demasiada inquietud en conocer la respuesta.
- Si, es distinta de los otros quadernini. Es más grande…, más separadas las palabras. Yo diría que es una escritura más lenta, sin prisas ni apreturas de tiempo — respondió Carolina.
A partir de ese momento, Carolina se enfrascó en la lectura, y, sin darse cuenta, su voz se adueñó de la habitación, inundando todos sus rincones con un italiano suavemente melódico.
- Deseo que todos los acontecimientos acaecidos no se queden en un simple recuerdo de dolor y barbarie. La República de Florencia no se merece que la sangre derramada por los sicarios sea la que desdibuje el verdadero espíritu de la ciudad. Al amanecer de aquel funesto domingo, un hombre había previsto que el sol no fuese despedido por todos los hombres y mujeres de bien de la República. Si la venganza es ciega, la verdad no puede esconderse debajo de la capa del miedo. Y este miedo superado es el que me impulsa a contar toda la verdad de lo sucedido. Descubrir al duque de Urbino, escondido, agazapado, dentro del confesionario, fue comprender en el mismo instante que aquel hombre, considerado por todos como el paladín de la honestidad, el adalid de la decencia, el mecenas de las artes, el señor de la castidad, no era sino un ser ambicioso, pleno de envidia, y ansioso de poder. Desde su atalaya recóndita, pudo contemplar todo el escenario y los sucesos. Esconderse no era sino pretender ser protagonista, sin ser reconocido. Federico de Montefeltro, fue quién desde su escondrijo alentó las dagas de los sicarios, de los frailes asesinos, impulsándolas a adentrarse en las entrañas de los partidarios del gran Lorenzo, mientras sus mesnadas permanecían a las puertas de la ciudad. Aquello que no pudo prever fue el fracaso de su intentona, ni el que fuese descubierto en su sagrado escondrijo. Al atardecer de aquel domingo de infamia, en la penumbra, el duque y sus acólitos, hallaron al hombre que le había descubierto. En la via Malcontenti, cerca de la Porta de la Guistizia, Giordano di Salvo se topó con la muerte, por haber sorprendido al verdadero instigador de la barbarie. Solamente pudo elevar la daga flamígera en una ocasión, alcanzando la mejilla del duque, en su último gesto. Giordano di Salvo pagó con la vida el descubrimiento del pecado ajeno, y allí, en el frio embaldosado, rindió su cuerpo. El cuerpo de un hombre de bondad extrema, amante del arte, estudioso de las formas, de las materias. Giordano di Salvo recorrió Florencia, abriendo las puertas de su arte a todo aquel que desease contemplarlo. Después, descuartizado por los secuaces de Montefeltro, su restos fueron desperdigados por desconocidos lugares. El duque fue cruel con él y con su obra. Ordenó la destrucción de todo ella, y nada ha quedado. Toda tela, grabado, escultura, tapiz, fresco, escrito, fue destruido o quemado. El nombre de Giordano di Salvo, desde ese atardecer, se convirtió en un misterio, borrado por completo de la historia de su amada Florencia.
Carolina interrumpió un instante su lectura, para comprobar que Rinaldi estaba enfrente de ella, escuchándola, con un nuevo cigarrillo entre sus labios.
- Sin embargo, deseo que el nombre del maestro no quede en el completo olvido. Soy consciente que no gozo del aprecio de mis conciudadanos, que se han atrevido a motejarme con el título de “pájaro” por mis obsesiones, mis soledades, mis momentos de desasosiego. Empero, también soy hombre que ama el arte, la verdad, el hombre, con la misma intensidad que busco la perfecta perspectiva en cada una de mis obras. Por ello, salvados de la quema los quadernini de Giordano, y depositados en el Convento de Santa Clara, en manos de Selvaggia di Pazzi, quedarán a buen recaudo junto con éste. En él, el rostro del Duque, descubierto por completo, fiel reflejo de su ambición, podrá ser contemplado por todos en los siglos venideros. Y la verdad de todo lo acontecido, superará la ignominia de un hombre que no fue capaz de dominar su ambición de poder, ni el frenesí de su odio. Una ansia de venganza que, empero, no se verá cumplida por completo. Un perfil en un muro será testimonio mudo y perenne de la infamia que otro perfil infame pretendió disfrazar y esconder. Así quedará ya grabado por todos los siglos, merced a una mano amiga del maestro di Salvo.
Carolina, acabó de leer en voz alta, y detuvo su mirada sobre la figura que aparecía al final de la página; el extraño pájaro de la primera, con una P colgada de su amplio pico.
- ¡Es de Paolo Uccello! Lo escribió él — exclamó Carolina, dirigiéndose a Rinaldi.
- Efectivamente, así parece. En alguna medida, ya sabe cómo llegó a mis manos — añadió Rinaldi.
- La monja de Santa Clara es una antepasada tuya. Sin duda, se libró de la muerte merced a su clausura en el Convento – dijo entusiasmada Carolina.
- Certo, cara. Y el cuarto quadernini rodó de generación en generación hasta llegar a mis manos hace escasos años. Y ahora, está en las suyas, sin que deje de acariciarlo. Si le parece se lo voy a prestar por unos días, para que lo estudie con todo detenimiento. Seguro que su sagacidad de escritora sabrá hallar detalles recónditos. Aunque, me da impresión que ya ha sacado alguna conclusión — dijo Rinaldi.
- Así lo creo. Es la confirmación de la sospecha de que el Duque de Urbino tramó toda la conjura para asesinar a Lorenzo el Magnífico, y al mismo tiempo lograr que sus conciudadanos, creyesen que los instigadores de tal conspiración eran los Pazzi. No cabe duda que fue un magnifico estratega. Y más si tenemos en cuenta que hasta hoy no recae sobre él sino un mínimo recelo — afirmó Carolina.
- Pero ello no era el objeto de su trabajo, según tengo entendido — afirmó Rinaldi
- No, no lo era. Pero ese descubrimiento trae de la mano otro. Paolo Uccello amaba la verdad, y tal amor le impulsaba a ser hombre por encima de artista. Su deseo imperioso de que fuese conocida la verdad, unido a su timidez, le impulsó a escribir ese librito, siguiendo la senda de su amigo y maestro Giordano di Salvo. Debió ser un hombre generoso, entregado a su arte y a su tiempo, amante de la justicia, de la lealtad, por encima de intrigas y luchas palaciegas. No debía vivir encerrado en su botega, en su taller, ni creo que fuese un excéntrico alquimista, puesto que, de serlo, en poco le habría preocupado que se conociese la verdad de lo que fue la conjura de Urbino, y no la de los Pazzi.
- Creo que vas por buen camino, Carolina. Muy certero tu análisis, por ahora — intervino Rinaldi, sin darse cuenta del tuteo.
- Además, fue explicito, delicadamente explicito. Lo hizo con suma finezza, dejando al descubierto el otro perfil que de la Franchesca ocultó en su retrato del duque. Contemplar la otra mejilla, es descorrer la cortina que demuestra su ambición, su ansia de poder, su bárbara intriga. Esa terrible cicatriz, escondida hasta hoy, es el resultado de su ignominia. Al tiempo que la demostración de la veracidad del relato de Uccello, y la inocencia de tu familia. No creo que Uccello fuese un ser excéntrico, como escribe Vasari. Quizás melancólico, y posiblemente pobre. Incomprendido seguro, pero en modo alguno despreocupado de su tiempo. Este quadernini abre al mundo la figura de un artista que no fue traidor a su tiempo, que supo recoger la esencia del Renacimiento, anteponiendo al hombre por encima de ambiciones, deslealtades y silencios felones. Me da la impresión, Rinaldi, que, dentro de unos meses cuando haya profundizado más en ese texto, cuando haya recorrido los pueblos de la Toscana, para contemplar su obra, quedaré prendada de Paolo Uccello — concluyó Carolina, sin sonrojo alguno.
Rinaldi se rió con ganas en respuesta a la espontaneidad de la española. No cabía duda que había acertado plenamente confiando en aquella mujer, que había sabido entusiasmarse con el descubrimiento, a la cual se le notaba que ardía en deseos de proseguir, releyendo el texto y tomando notas de sus impresiones.
- ¿Me permites que te invite a comer? — pregunto Carolina.
- En modo alguno. No recuerdo en toda mi genealogía ninguna mujer, dama o plebeya, que haya invitado a un Pazzi a comer. Nos queda una cuestión por dilucidar; el perfil grabado en el muro del Palazzo Vechio, pertenecerá o no a Giordano di Salvo. ¡Mistero, mistero! Es más, a qué mano se refiere Uccelo, a la suya o a la de Miguel Angel. ¡Mistero, cara amica, mistero! — dijo sonriendo Rinaldi — Vamos, proseguiremos ante un buen plato de spaghetti al ragú, acompañado con un Montalcino. Voy a menudo a una trattoria cercana, Chez Alfredo, en donde los preparan exquisitos. Los mejores spaghetti de toda Italia. En Florencia se come muy bien, aunque algunos estirados gourmets lo nieguen.
Después del pranzo, Carolina se encaminó al hotel Cavour, con el cuarto librito, y en su habitación, con vistas hacia la Piazza de la Signoria, estuvo trabajando hasta la madrugada. Después de dormir unas horas, se duchó, tomó un abundante desayuno, y salió en dirección a via dei Neri. Sin detenerse un instante, llegó ante la puerta de la vivienda de Rinaldi, llamó repetidas veces, sin obtener ninguna respuesta. Empujó la puerta como hizo Rinaldi, pero no se abrió. Al descender y llegar al zaguán, se cruzó con una mujer ya anciana que se disponía a subir con dificultad los peldaños.
- Perdone, señora. Podría decirme si el señor Pazzi…
- ¿El señor Pazzi? ¿Quién es? — preguntó la mujer.
- El que ocupa la vivienda del tercer piso — respondió Carolina.
- Ese piso hace como quince años que está deshabitado. No vive nadie en él desde que el inquilino murió. No recuerdo su nombre. Scusate — respondió la mujer, mientras se disponía a reemprender su penoso ascenso, que le preocupaba más que complacer la curiosidad de la extranjera.
Carolina, se extrañó de la respuesta. No comprendía que aquella mujer afirmase que nadie vivía en el piso tercero, cuando ella misma, el día anterior, al mediodía, había penetrado en la vivienda acompañada de un hombre que decía llamarse Rinaldi Pazzi. Abandonó el zaguán y salió a la calle. Miró a ambos lados, intentando encontrar alguien o algo que le sacase de su extrañeza. No resultaba comprensible la información que le había dado aquella mujer, en absoluto contraste con cuanto ella misma había vivido. La prueba la tenía en sus manos, el cuarto quadernini de Uccello. Se decidió, sin más, y se dirigió hacia Chez Alfredo. Fue directamente hasta el camarero que les había atendido, interrumpiéndole en su servicio a una mesa.
- Discúlpeme. Ayer estuve comiendo en aquella mesa, cerca de la ventana — dijo Carolina, señalando la diminuta mesa — ¿Conocía usted al señor Pazzi, el hombre que compartió mesa? ¿Podría decirme si viene todos los días a comer?
- Signorina, a usted sí la recuerdo, pero al hombre que me dice la acompañaba era la primera vez que le veía — respondió el camarero, mientras acababa de servir el osobuco al caballero de la mesa.
Carolina no salía de su asombro. Parecía como si de pronto el policía Rinaldi hubiese desaparecido, dejando como único rastro el librito que continuaba en su mano.
- Pazzi, Rinaldi Pazzi se llama. Vive en la via dei Neri, es policía…
El caballero comensal, levantó el rostro, abandonando el plato y la miró con un punto de curiosidad y sorpresa. Carolina devolvió la mirada, deteniéndola en el rostro de aquel hombre, de unos setenta años, con una barba canosa sumamente cuidada. Los ojos del hombre, de un verde pardo, también reflejaban la sonrisa que se había dibujado en sus labios. Y en ese instante Carolina le reconoció.
- Signorina, el Rinaldi Pazzi que usted dice vive en via dei Neri, y con el cual compartió ayer aquella mesa, murió hace veinte años. Y de forma desagradable y misteriosa, por cierto. Al amanecer de un domingo del mes de abril, su cuerpo fue hallado colgando de uno de los ventanales del Palazzo Vechio. Se ahorcó o lo ahorcaron. Nunca se ha sabido qué sucedió realmente — dijo el Vice director del Archivio di Stato, professore Sordi — Por lo tanto, veo difícil que el caballero con el cual usted comió, fuese realmente el señor Pazzi. ¿Ha almorzado ya? Si me acepta la invitación, estaré encantado de compartir mesa con una linda escritora española.
La bella escritora española le sonrió ligeramente, negó con la cabeza, y abandonó Chez Alfredo. Seguía con el quadernini escondido en su mano. El tacto de su cubierta era especial, suave y cálido. Llegó hasta el lungarno dalle Grazie, se aproximó al pretil y miró hacia las aguas del Arno siguiendo su curso hasta toparse con la imagen del Ponte Vechio. Hacia allí encaminó sus pasos, a la búsqueda del refugio del Hotel Cavour. Al penetrar en su habitación, y abrir las ventanas hacía la fachada lateral del Palazzo de la Signoria, la brisa de Florencia, le trajo la misma sensación de siempre, junto con el sonido de unas palabras expresadas por una cálida voz:
- Mistero, cara amica… Mistero.