“Odia y espera”, parece ser el lema de algunos de nuestros políticos, imitando a la reina de Francia, la Catalina perteneciente a la familia de los prestamistas Medicis. Unos demuestran ese sentimiento aplicando el insulto, otros la socarronería y otros el desprestigio. Seguramente lo que sobra es lo primero, la ofensa, dado que, pese a quién pese, unos y otros han merecido el reconocimiento del pueblo soberano al que representan. Aunque, algunos de ellos, mejor sería que permaneciesen callados o calladas, y de abrir la boca lo hiciesen para explicar qué número de votos aportan a la siglas por las cuales se presentaron a las elecciones, aunque, a todas luces, no crean en ellas ni en lo que se supone representan. En gran medida, un importante grupo de diputados crean múltiples dudas acerca de su tirón electoral. Y buena prueba de ello lo hallamos en el mapa de resultado: el PP en Cataluña es puramente testimonial, como en el País Vasco, como en Andalucía, como en Valencia. Todo ello mientras en el resto de Comunidades o bien ha perdido miles de votos y escaños o bien se halla en la más absoluta soledad sin nadie con quién pactar. Obvio es el cordón sanitario de marras que aplican los restantes partidos, pero, aparte de surgir del odio hacia las siglas populares, debiera meditarse acerca de las facilidades dadas por los actuales jerarcas para que tal desprecio funcione hasta el punto de no aceptar el adversario ni un solo voto popular, ni aún destinado para ser elegido alcalde de Madrid.
Cierto es que el PP consiguió el mayor número de votos y escaños en las pasadas elecciones, mas ello no significa de ninguna de las maneras que pueda instalarse, como lo ha hecho, en el pedestal del ganador. No, el PP de los Arenas, los Villalobos, los Montoro, etc. no ganó las elecciones, por la sencilla razón de que parte de su electorado, por millones, le dio la espalda, votando a Ciudadanos o quedándose en su casa. Es más, subjetivamente es posible aventurar que muchos españoles votaron no a las personas sino a las siglas, como mal menor o por simple fidelidad histórica. Afirmación que es tan certera como la de que muchos “desertores” abrazaron las papeletas de los hombres y mujeres de Rivera, y, hoy, se sienten o bien engañados o bien defraudados por su conducta de pactos. Y ello, por la sencilla razón que, de saber tales “escapistas” que iban a pactar con los socialistas, habrían votado directamente a éstos, sin necesidad de ese bucle político que son los doscientos acuerdos alcanzados por ambas opciones políticas. Y ahora, a pesar del mantra de que la sociedad española ha reclamado el “cambio”, lo cierto es que, lo que viene llamándose equivocadamente derecha, ha conseguido que “España sea una monarquía de personas rotas según su situación”, como ya escribía Haro Tecglen en 2002. Y lo ha logrado por su absurda indefinición ideológica, cambiante, incolora e diluida según la conveniencia electoral. Quizás la expresión representativa más cristalina sea las últimas intervenciones de la actual Vicepresidenta primera del Congreso, por ahora todavía de los Diputados, de la cual jamás ha surgido ni una sola idea acorde con los fundamentos de un partido de centro derecha.
Y, mientras tanto nos entretienen con tales diatribas o intercambiándose tuits o sms, más o menos cariñosos, España pierde casi cien millones diarios de inversión, con salida fuera de nuestras fronteras. Pero ello no es óbice para contactos con los independentistas declarados, sin rubor alguno, o expresiones soberbias de mantenimiento de sillas o sillones, sin el más mínimo atisbo de auto crítica para reconocer las razones y consecuencias de que el P.P. perdiese varios millones de votantes. Es un grito en el desierto anhelar que docenas de rostros desaparezcan de los telediarios, de las mesas ejecutivas, de los comités electorales, y dejen paso a una nueva generación que tome el testigo no solamente de labores de dirección o representación, sino también de diseño de un camino que les conduzca a recuperar las verdaderas esencias de un partido definido por unos principios conservadores, liberales y centristas. Comienza a ser imprescindible que hombres y mujeres opongan su formación, su instrucción, su curriculum, a sempiternos políticos que han hecho de su personal tradición, de sus alianzas, de sus padrinazgos, de su temporalidad, los únicos méritos para que sus traseros sigan ocupando los asientos que alcanzaron lustros atrás. Aparte de ello, todo lo demás, ideología incluida, les importa un higo chumbo. Desinterés contrapuesto con rotundidad al Alcalde de Boadilla del Monte, Gonzalez Terol, cuando afirma estar en política por la defensa de “una economía de mercado que respete la dignidad del hombre, una cultura que defienda la vida y la familia, que tenga como principio innegociable la unidad de España, que considere el mérito como ingrediente fundamental de cualquier avance, que tenga la convicción de que el Estado debe ofrecer igualdad de oportunidades a todos sus ciudadanos respetando el principio de subsidiariedad y que entienda que lo más importante son los resultados, no las intenciones”.
A fin de cuentas no se trata sino de tener altura de miras y, aunque solamente sea por una vez, dejar paso o darlo para atrás, anteponiendo la razón de Estado, el bienestar y seguridad de la sociedad civil, por encima de la bienandanza personal. Resulta difícil, es compresible, pero también es exigible que la” generación Rajoy” y sus “confluencias” se aperciban de que su tiempo ya pasó, que ha llegado el momento del agradecimiento por servicios prestados, el último de ellos permitir que se aúpen caras y voces nuevas, que renueven junto a los consejos o comités, a todos los niveles territoriales, también sus valores añadidos. Modos y formas, personas y gestos que, desde la convicción personal, busquen el último lema de aquella Catalina de Medicis, “alaba tan solo a tus enemigos”. Alabanza surgida en las filas enfrentadas desde el prestigio, el diálogo, las buenas formas y el respeto propios. Quizás, sin traspasar ninguna línea roja – verbigracia la retahíla de insultos del republicano Rufián - con tal conducta las puertas que permiten el paso al consenso permanecerían siempre abiertas y no tapiadas con cordones. Aunque, naturalmente, se insiste, todo ello debe importar por encima de un higo chumbo.