MORITO

MORITO

       Hará unos cinco años que le conocí. Era un hombre bajito, huesudo, con los pómulos remarcados y pelo muy oscuro y algo ensortijado. Era de tez morena, por naturaleza, con los ojos de un negro intenso, y una sempiterna sonrisa en sus finos labios. Una sonrisa que, en ocasiones, parecía convertirse en el escudo de su ignorancia. Aunque, a decir verdad, nunca considere a Mohamed un ignorante en el estricto sentido del término. A Mohamed, un buen día, alguien le preguntó cómo se llamaba, y él contestó con el Mohamed tópico. Sin embargo, en realidad a Mohamed nadie le conocía como Mohamed, sino como Morito. Morito había llegado al pueblo huyendo del desastre de la guerra en Argel. Allá, en su tierra, Morito vivía en el barrio de Bakari, dedicado al trapicheo habitual. Tenía un pequeño local, alquilado al dueño de todo el edificio,  militar por más señas, y en él exponía toda cuanta clase de enseres iba encontrando por los lugares más insospechados. Por la tarde, antes de la oración, cogía su carrito, y arrastrándolo se adentraba en las calles del viejo Argel, buscando en la casas abandonadas,  en los edificios derrumbados o en los solares convertidos en vertederos. Así recogía tapas de wáter, botellones y garrafas con recubierta de mimbre, alfombras desgastadas, mesas sin alguna pata, cuchillos sin filo, hasta tazas sin asa. A Morito todo  le interesaba. Lo cargaba en su carrito, y lo trasportaba hasta el local, y allá, con paciencia y cierto arte, reparaba las roturas, limpiaba la suciedad, y a los pocos días, aquella mesita sin un pata y con el cajón rajado, parecía una mesa casi nueva.

       La mañana del tercer día del Ramadán, al abrir la tienda, el Morito se encontró a una vecina, tendida frente a su local, degollada. Una gran abertura en el cuello delataba que los fanáticos la habían encontrado de madrugada, antes del hilal del sol,  recorriendo la calle, y la habían matado. Morito levantó la vista, y descubrió como en casi todos los soportales algún vecino contemplaba la escena, estático, quieto, como temiendo el peor de los males si se aproximaba a la mujer degollada. Morito dudó unos instantes, hasta que se decidió, levantó a la mujer muerta, la depositó sobre su carrito, y, con toda parsimonia, recorrió el largo trecho hasta el cementerio de El Madania. Allí, a las puertas, sin esperar, dejó el cuerpo de la mujer muerta y el carrito. Sin tan siquiera regresar a su casa, Morito se aproximó al puerto, echó una última mirada a la casba y se subió al primer barco con el cual se topó.

Morito se acostumbró enseguida a la vida del pueblo. Un pueblo de pocos habitantes, rodeado de campos por cultivar, pinares que cuidar, y fincas propiedad de gentes de la ciudad que las disfrutaban los fines de semana. Morito, se sintió acogido desde el primer día. Aquella ya lejana tarde de viernes, se sentó en una mesa del Bar Las Tapas, y pidió un café con leche. Pepe, el dueño, le sonrió, sin más. Aquel Bar a partir de esa tarde fue como su segunda casa. Era y es un Bar normal, con sus estanterías repletas de botellas de licores, con las del último estante recubiertas de una endurecida capa de polvo. El polvo de los años. El Bar Las Tapas, no tiene muchas mesas.  A lo sumo, una docena, y su barra no es muy amplia, con dos o tres taburetes de un color negro, oscuro como el pelo de Morito. Aquella tarde, cuando un cliente entró y vio al hombrecito de tez oscura, le preguntó a Pepe que quién era el nuevo, y Pepe le contestó que era un morito, Mohamed fue bautizado de nuevo.

       Morito encontró trabajo enseguida. Primero ayudando al carpintero del pueblo con pequeños arreglos, acarreando estanterías, yendo a buscar alguna mesa por arreglar, o colocando persianas. Después, en el Bar Las Tapas, un sábado por la tarde, Don Carlos fue a buscarle expresamente. Le dijo que necesitaba limpiar un aljibe de su finca,  que luego fue un pequeño pinar y luego podar los naranjos  y a continuación fumigar los cipreses. Y así, semana a semana, Morito se convirtió en una especie de jardinero, agricultor, jefe de mantenimiento del pueblo.

Y Morito a cada día que trascurría se sentía feliz. Dejó de recordar a su Bakari,  ya no se consideraba un kafir¸ y cuando veía a los hitistas en los reportajes de su ciudad, le entraba un punto de rabia. Y es que Morito ni era impuro, ni se pasaba los días apoyado en la pared, como los jóvenes en Argel. Al levantarse, todas las mañanas, salía a un pequeño huerto en la parte  trasera de su casa, se arrodillaba en dirección a levante y encomendaba su día a Alá, pidiéndole de antemano perdón por sus pecados. Y algunas mañanas, cuando Morito consideraba que había pecado en exceso, al pasar por delante de la fachada de la Parroquia, depositaba una moneda en el resquicio de la puerta de la iglesia. Así, con esa zakat se sentía más liberado de su carga, menos impío, menos kafir.

       Con tal estado de ánimo, aquella mañana de sábado se dirigió al Bar Las Tapas, y se tomó su café con leche y su bocadillo de jamón serrano. Sentado en la mesita del fondo, cogió un periódico y, mientras aguardaba que Don Carlos le pasase a recoger para llevarle a la finca, empezó a ojear un periódico para entretener la espera. Era simplemente un ritual de agradecimiento. Entre Pepe y el periódico, Morito había aprendido a hablar un castellano más que decente. Con sus jotas remarcadas, sus haches aspiradas, sus eses silbantes, y su melodía acompasada. Pero absolutamente comprensible, al tiempo que expresivo.  Algunos días, cuando no había ningún Don Carlos de turno Morito dejaba el periódico, y se sentaba en alguna mesa vecina, para charlar del tiempo, de las mujeres, o del alcalde del pueblo. Morito amaba esas conversaciones, sin medida, con absoluta libertad. Tampoco eran dañinas, ni maledicentes, eran, simplemente, charlas, cotilleos de pueblo.

      Cuando en la mañana de aquel sábado entré en el Bar, le vi y le saludé, enseguida me respondió, con la sonrisa en los labios, que estaba esperando a Don Carlos, pero que teníamos una cita para la tarde del domingo. Y es que, todas esas tardes, después de comer y más allá de la siesta, Morito acudía al Bar, y con  quien decía que era su amigo más amigo, se sentaba  ante el televisor de pantalla plana, izado en la pared, un poco alto, y esperaba que se iniciase el partido de la jornada que Pepe había decidido que la clientela tenía que presenciar. Casi siempre el Madrid, el Real Madrid, y en algunas ocasiones el Barça, si es que Pepe intuía que iba a perder. Morito no era del Madrid, ni del Barça, Morito no iba con ningún equipo, pues, a fin de cuentas, lo que le gustaba era sentarse, charlar con el vecino o el amigo más amigo, discutir alguna jugada, y protestar del árbitro. Así de simple y así de alegre. Morito se tomaba sus dos o tres cervezas, se comía su bolsa de pipas y, al finalizar el partido, despejaba la mesa y con su amigo Isidro, su vecino Pablo y su amigo más amigo, echaban sus partidas de dominó, ruidosas, alegres, plenas de puyas y chascarrillos. El Bar Las Tapas, durante aquellas partidas adquiría un ambiente especial, como si el humo de los cigarrillos fuese más denso, como si la cerveza estuviese más fría, como si el mundo se sostuviese sobre esas cuatro patas de la mesa. En ocasiones, cuando los gritos, los improperios lo reclamaban, algunos curiosos hacían corro a los jugadores, insultándoles por sus errores, o mofándose por sus derrotas. Morito parecía no inmutarse, como si de un jugador de póker se tratase. Sin embargo, al levantarse, finalizada la partida, las piernas solían dolerle, y tardaba unos pasos en recuperar su habitual fortaleza. A Morito en los momentos de tensión, le temblaban las piernas. Todo el Bar lo sabía, sin embargo, nadie, ni su quien era su amigo más amigo, lo comentaba.

       Y es que Morito era muy suyo para según qué cosas. No se metía con nadie, y nadie se metía con él. Sentía la libertad como algo propio, personal, íntimo. Y por ello, seguramente cuando, en aquella tarde de domingo de agosto cambió su té habitual por una caña de cerveza,  y cuando en lugar de su bocadillo de queso, Pepe le sirvió uno de jamón, se sintió  más jovial, más alegre. Y quizás fuese casualidad, o quizás no, pero recuerdo perfectamente aquella tarde en la cual le invité por vez primera a jugar al dominó y a partir de aquel día empecé a ser su amigo más amigo. Después ya vinieron las cortezas, los riñones al jerez, las cazuelas de callos, y aquella cosa negra, alargada, repleta de sangre, arroz y cebolla, que tanto le entusiasmaba. Solíamos dar una vuelta por las huertas más próximas al pueblo. Y charlábamos sobre el  verde de los naranjos, sobre el amarillo del trigo, sobre el morado de la remolacha, sobre el amarillo de los kiwis, o sobre el rojo de las granadas. Los dos, en las mañanas soleadas de invierno,  llegábamos en nuestro paseo hasta donde el camino alcanzaba un pequeño valle. En ambas laderas, había algunas fincas en las cuales Morito seguro que había trabajado. Más allá del camino, al otro lado, después de un ligero desnivel se iniciaba la pendiente, poblaba de almendros, naranjos, limoneros, campos sembrados de habas, de avena, para al llegar a mitad de la ladera encontrar  un frondoso pinar.  En lo alto, en el mismo lindero del pinar,  Don Carlos, a quién aquel sábado Morito había estado esperando,  tiene su finquita, con su hilera de cipreses esbeltos y tupidos, su pequeño campo de naranjos exultantes de azahar en primavera y ese aljibe que antes de que empezase el verano, Morito se encargaba de limpiar para convertirse en una piscina para los nietos. Morito no tenía coche, solamente una bicicleta que antes perteneció al hijo mayor de su amigo más amigo. Una bicicleta que utilizaba para llegarse hasta los huertos y fincas en donde reclamaban sus servicios. Cuando a media tarde, finalizada su jornada, bajaba de nuevo al pueblo, Morito, se llegaba al Bar Las Tapas, reposaba la bicicleta contra la pared, para hacer tiempo hasta  que llegaba la hora de la cena. Y allí permanecía la bicicleta de Morito durante todo ese largo rato. Únicamente, en una ocasión, al salir Morito del bar, comprobó que su bicicleta había desaparecido. Miró alrededor y, enfrente, en la escalinata de la puerta lateral de la Parroquia, vio al hijo de su amigo más amigo, el pequeño, que junto con dos o tres amigos, le miraban sonrientes. Morito intuyó que no le habían robado la bicicleta. Saludó a los muchachos levantando el pulgar de su mano derecha, y se fue, tranquilamente hacia esa casa de dos habitaciones, cocina, y un patio trasero con escusado, que su amigo más amigo le tenía arrendada. Y, a la mañana siguiente, cuando nuevamente regresó al bar, en el mismo sitio, exactamente en el mismo lugar, estaba la bicicleta. Morito la miró, sonrió para sus adentros,  y, sin más, ya dentro, le pidió a Pepe su café con leche de todos los días.

       Así trascurría la vida de Morito, entre idas y venidas, charlas y esperas. Entre pintas de cerveza y cafés con leche matinales. Una luminosa mañana de domingo, sin embargo, Morito no acudió a pedir su café con leche. Recuerdo como el sábado anterior, al subirse Morito al todoterreno  de Don Carlos, bromeó conmigo, diciéndome que ni Bouteflika se subía a un coche tan bonito. Y también recuerdo la sensación de sorpresa cuando, a la mañana siguiente, sobre las diez y media, Don Carlos, entró en el Bar. Su rostro denotaba una suma tristeza, desconsuelo, amargura. Toda la clientela, al verle, dejó sus periódicos, sus noticias de la tele, y un silencio se adueño del local. A medida que Don Carlos iba hablando, sus ojos empezaron a brillar, su mirada vidriosa se fue depositando en las distintas mesas. Hasta que, al final, se quedó parada en la habitual mesa de Morito. Una vez puesto el freno de mano, con el motor al ralentí, Don Carlos solía bajar para cerrar la verja de la finca, mientras Morito se aposentaba en el asiento del copiloto. Lo de siempre, lo de toda la vida, y sin embargo, esa tarde todo había sido diferente. De espaldas al vehículo, Don Carlos oyó de pronto el golpe de una puerta al dar contra la pared lateral del camino. Se volvió y comprobó que su coche, el bonito coche, se estaba desplazando cuesta abajo, con Morito dentro. Morito había intentado abrir la puerta, dispuesto a saltar, abandonando el coche. Sin embargo, no había tenido tiempo. El coche había dado un bandazo, la puerta  había golpeado contra un pino, Morito había sido empujado hacia el interior, y el coche, adquiriendo más velocidad, había abandonado el camino para dar tumbos por entre los surcos del sembrado.

       El bonito coche se empotró contra un almendro, al tiempo que el cuerpo de Morito, salía despedido, casi por completo, sobre el capo, roto el cristal del parabrisas. Su rostro ya no era de tez oscura, sino roja de sangre. Cuando Don Carlos tiró de él, Morito cayó tumbado sobre el otro asiento. Morito llegó al Hospital Comarcal, ya muerto. Morito estaba ahora en el tanatorio, esperando que fuesen a recogerlo. Fui  el primero en levantarme, y detrás de mí, de su amigo más amigo, casi todos los clientes que habían escuchado el relato de don Carlos. Fueron más de quince convecinos los que acudieron a recoger el ataúd con el cuerpo de Morito. Acompañaron el coche de la funeraria comarcal hasta la misma Parroquia, entre varios depositaron el ataúd cerca del altar mayor, y el señor párroco, vestido con un alba blanca, roció con agua bendita el ataúd de Morito, mientras rezaba una oración.

     Siempre estarán en mi memoria los instantes, en que el ataúd fue recorriendo a hombros de su amigo más amigo, y tres hombres más, el escaso trayecto hasta el cementerio municipal, abierto cuando la guerra justo detrás de la parroquia. Cuando lo depositamos sobre dos cuerdas, las campanas de la parroquia empezaron a tañer en forma desacompasada, sin ritmo alguno. Y así lo hicieron hasta que la pesada losa cerró la fosa común municipal, cegando a la vista el ataúd desnudo de Morito. Su amigo más amigo, lamentó en su interior no haberle colocado una banderita con la media luna. Allá que se quedó Morito, mientras me encaminaba hacia el Bar Las Tapas. Fue al llegar a la entrada cuando las campanas callaron, y al girarme pudo ver como el señor párroco despedía de malos modos a mi hijo pequeño y a otro chico de la misma edad. Responsables del mal tañido de las campanas, seguramente. Quién Morito decía que era su  amigo más amigo penetró en Bar Las Tapas, y vio sobre la mesa del fondo una caña de cerveza y un bocadillo de jamón sobre ella. Sin embargo, Morito no ocupaba la silla, ni se disponía a tomarse la caña ni a saborear el jamón.  Morito ya nunca más tendría que pedir perdón a su Dios por ese vaso con un líquido amarillento  y espuma, ni el Bar Las Tapas volvería a alegrarse con la sempiterna sonrisa de un tal Mohamed que, para todos siempre fue Morito. Y para mi será siempre mi amigo más amigo.