La sorpresa o el estupor son elementos esenciales y característicos de la belleza, decía
Charles Baudelaire (Escritor, poeta y crítico francés para quiénes no lo hayan oído nombrar). Pues bien, en esta ocasión, debo discrepar por completo con dicho gran personaje. Y no por el fondo de su afirmación sino porque, estoy completamente seguro, que, de haber podido contemplar el espectáculo del pasado martes protagonizado por parte de unos ilustres representantes de la soberanía popular en estas islas, o sea diputados y gobernantes, quizás no se habría expresado en similares términos. El jolgorio, los increíbles y pretendidos pasos de baile, junto con la farra y bulla, eran una demostración de la alegría por haber derogado, con sus votos, una ley llamada de símbolos. No cabe duda que, tal acción legislativa, debió de llenar por completo las aspiraciones políticas de esa serie de personajes que, dando saltos, al son de no se sabe que jota, expresaban su dicha y felicidad.
Pero la sorpresa no acababa con el jaleo, sino que, viendo las indumentarias de los interfectos bailarines, uno se preguntaba si acababan de asistir a una juerga del oktoberfest o venían de estar sentados en el foro que contiene la institución más encumbrada de nuestro sistema, el Parlamento de las Islas Baleares, sede de la soberanía popular. Ver pantalones vaqueros, camisas de cien colores, alguno que otro con una mochila a la espalda como para ascender al Tomir, o bien una especie de Carlos Marx, con más pelo y más barba, entregando camiseta verde a una diputada estupefacta, no solamente fue sorprende sino cómico. Chusco si, plasmado en los periódicos de toda la nación, no produjese una sensación de vergüenza ajena ante el inaudito espectáculo. Vergüenza y amargura, al comprobar que, a fin de cuentas, lo que movía sus piernas y sus brazos no era la alegría por haber derogado una ley que, en realidad, nunca se cumplió ni se hizo cumplir, sino por ser el “símbolo” de lo que les une, el odio, el menosprecio a todo aquello que no procede de sus supuestamente mentes privilegiadas y tocadas del dedo divino de la sabiduría. Sea la conga sea lo que sea lo que, los preavisados “tocaires” interpretaron, contemplar como un grupo de parlamentarios, incluidos altos miembros del gobierno se solazan públicamente con un hecho más que intrascendente -hay miles de leyes que pueden derogarse por inútiles - no es precisamente lo que anima al pueblo a congraciarse con la clase política, sea casta o no sea casta. En el fondo y, por poco de se rasque la superficie, todos, todos son iguales. Todos son casta.
Funciones simbólicas como la visualizada, se repetirán durante toda la legislatura. Ahí están ahora camisas “rojas” pidiendo que Mallorca esté libre de sangre animal. Por lo visto y oído no solamente de la de toros bravos, sino también de la de gallinas, pollos, corderos, etc. Y si de toros, de tauromaquia se trata, el cúmulo de festejos taurinos que se celebran desde hace años en nuestras plazas – Palma, Muro, Inca…- no parece que sean causa suficiente de sus peticiones y proposiciones de ley. A fin de cuentas, es un hecho simbólico más. Si el jaleo anterior no era sino una demostración de desprecio a las opciones no progresistas, la presentación hecha con la compañía de las “camisas rojas”, es la exhibición pública, la visualización coloreada del funesto interés en borrar, en eliminar, en suprimir de la vida todo aquello que pueda ser interpretado como sentimiento nacional, es decir, español. No les preocupa, en absoluto, que el toro sufra o deje de sufrir, no les inquieta que las plazas de toros sigan abiertas, no les fastidia que suenen pasodobles acompañando naturales, no, lo que no soportan, lo que les motiva frenéticamente es que los toros, las corridas de toros, sean, todavía, Fiesta Nacional. Para ellos ese espectáculo es tan dañino como el castellano. Y por ello, para enaltecer lo que interiormente les impele y les motiva, hay que arramblar con todo aquello que esté en contradicción con sus espurios deseos: acabar con la nación española e implantar un sistema político en el cual sobresalga cuanto históricamente ha sido inexistente; un estado federal en el cual la nación catalana se auto eleve por encima de los restantes, ampliando territorios al más puro ejemplo Anschlus austriaco. Solamente hay que empezar a producir un Kurt Schuschnigg balear, que, sin propiciarlo, no lo obstaculice. Todo es una gran, una inmensa impostura surgida de unas mentes que están pergeñando desde hace años la caída del sistema, del modelo surgido de 1978, para mutarlo por otro en el cual solamente esté permitido lo propio, lo suyo, lo exclusivamente progresista, según su expresión. Estamos contemplando el inicio de una revolución que nos conducirá al Estado puro - el totalitarismo estatalista - , al dominio de lo público y al confinamiento de lo privado en el gueto de la intimidad personal.
No puedo por menos que recordar, en estos instantes, que los que se autoproclaman detentadores del centro derecha, hace unos meses gobernaban con mayorías absolutas la casi totalidad de comunidades y ayuntamientos. Ahora, esos genios de la política nos contemplan desde los burgueses asientos del Senado, acompañados de sus correspondientes asistentes. Si sorpresa fue el espectáculo del bailoteo, también la produce la imagen del senador en su butaca de piel, como símbolo, como mérito de un absoluto fracaso.