“Una de las primeras cosas que hace en nuestro país cualquier movimiento político es cambiar el nombre de las calles. Inocente manía, que parece responder a la ilusión de borrar el pasado hasta en sus vestigios más anodinos y apoderarse del presente y del mañana. En el fondo, es una muestra del subjetivismo español, que se traduce en indiferencia, desamor o desprecio hacia el carácter impersonal de las cosas”. Quizás pueda creerse, de principio, que tales palabras surgieron de la mente de un resentido o de un ciudadano harto de tener que explicar a familiares y amistades el cambio de nombre de su calle. Antes con el coste de las obsoletas tarjetas de visita, ahora sustituidas por un simple sms o similar, de precio cero. Pero no, esas palabras fueron dichas por un político cofundador de Izquierda Republicana, Manuel Azaña. Y, así siguen los actuales gobernantes, cumpliendo fielmente con esa “inocente manía” que lo que pretende no es sino borrar el pasado. Un pasado histórico que, para su desgracia, no eliminan, sino que actualizan con sus incomprensibles acciones y conductas.
Estoy convencido que el monumento de sa Faxina, y su historia, era desconocido por miles y miles de ciudadano de esta capital, quienes, de pronto, desde la inquina y el “desprecio hacia el carácter impersonal de las cosas”, ven surgir el empeño en demoler un símbolo que ya perdió todo su simbolismo, y al cual, unos radicales, con la excusa de cumplir con una ley sectaria en toda su esencia y revanchista en todos sus trazos, han elevado tal monolito a la actualidad histórica cuando de lo que se trataba era de eliminarlo. O sea, media docena de personajes, con unos radicales a la cabeza, se sienten dueños de la historia hasta el punto de osar cambiarla. Craso error que no conduce sino a más equivocaciones, e incluso ridículos, como el rosario que comete el ayuntamiento de Madrid con idéntica filosofía. Mientras tanto, Lenin sigue ahí, en su mausoleo, momificado y custodiado por soldados del ejército ruso. Lo que son las cosas, ellos conservan al mayor revolucionario soviético, ideólogo del partido único, y nosotros destrozamos la lápida dedicada al que fue presidente de la Liga de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Lo dudoso es que el adjetivo “roja” no les hiciese meditar a la Carmena y a la Maestre y a la Mayer que algo extraño coincidía en el personaje.
Y es que parece que estamos asistiendo a un remake de la película diseñada por Goebbels, “Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.” Y ninguna duda cabe que, el uso de la propaganda por parte de Pablo Iglesias y sus adláteres es perfecto. Ellos aplican con suma exquisitez, ajustada a la actualidad, la indicación del ministro nazi; “No nos habría sido posible conquistar el poder o utilizarlo como lo hemos hecho sin la radio. La radio es el intermediario más influyente e importante entre un movimiento espiritual y la nación, entre la idea y el pueblo”. Solamente hay que cambiar la palabra “radio” por “televisor”, amén de añadirle “redes sociales”. Sólo en un aspecto se diferencian; para el semental nazi, el marxismo fue el maestro del nazismo, ellos, los de Podemos, tienen el maestro en su mismo ADN ideológico. Su objetivo es rotundo, cambiar el sistema, usando del propio sistema. Para ese colectivo, nuestro régimen democrático es simplemente un medio, un instrumento para llegar al punto de poder sustituirlo por el suyo propio; el marxismo radical. Goebbels y los suyos, también utilizaron el mismo método, con la aquiescencia de conservadores, socialdemócratas y comunistas alemanes, hasta que pudieron mandarlos a Dachau. Tales partidos eran sus contrincantes y los judíos su enemigo, a partir de ahí, afirmar con Amando de Miguel, que la clase media y la “casta” han sustituido a unos y otros en el discurso de Podemos y demás coadyuvantes, no es nada aventurado.
Ante tal estrategia solamente nos queda una esperanza: “En general, el pueblo es más inteligente de lo que se piensa”, Joseph Goebbels dixit. Confiemos en que, en nuestro caso, el susodicho ministro cojo acertase en su tesis y el pueblo español, junto con algún que otro político electo, sí sea inteligente. O, como mínimo, más de lo que Errejón y demás supuestos ideólogos Podemitas le presupongan al resto de sus compatriotas. En caso contrario, la piel de toro cobijará un neo nazismo marxista que se aproxima desde el cinismo político y que puede asentarse desde la ambición de unos electos y la desidia y pasividad de unos electores.