Aquellos dedos, suaves como el terciopelo, se manejaban con dificultad, intentando colocar sobre el taburete el ratón de peluche con largas y endebles patas. A duras penas lograba alcanzar el demasiado elevado asiento de enea. Era un ratoncito de perfilada nariz, de ojos saltones, de roja sonrisa, de blanda y larga cola. Me agaché, en cuclillas, acompañé aquel corto brazo, alargándolo mientras mantenía el equilibrio del pequeño cuerpo. El ratoncito quedó por fin sentado. Sonreí al verla, con el rostro también sonriente, y batí palmas en tono de jolgorio y felicitación. Ella, con sus grandes ojos negros, me miró, y agradecida, también palmoteó brevemente, mientras sus labios desgranaban sonidos deliciosamente ininteligibles. Luego, abrió sus breves brazos y depositó su mejilla sobre mi pecho. Tras unos breves instantes, eternos en mi felicidad, repletos en su ternura, regresó su mano derecha al peluche, tiró de sus piernas largas y blancas, me miró, la entendí, la cogí de nuevo por la muñeca, estiré su brazo y el ratoncito regresó al taburete. Ahora fue ella la que batió palmas, entre risas y miradas. Volvió a abrir los brazos, se dejó caer de nuevo sobre mi pecho, y se repitió en mi interior otro instante de dicha. En la cafetería, a pesar de las docenas de invitados, parecía reinar un completo silencio. Durante aquellos eternos segundos que duró el dulce abrazo, solamente se pudo escuchar el alegre regocijo de mi corazón ante el suave roce de aquellos brazos, suaves y tiernos. Desde lo alto, en su trono de enea, el ratoncito de prominente nariz, de piernas blancas, labios rojos, y cola blandamente alargada, parecía que también estaba sonriendo.