¿Es posible que en nuestro País un partido político se sacrifique en defensa de un estilo de vida y de los valores de España?, ¿Cuando los partidos políticos españoles terminarán con los pequeños juegos políticos y apoyarán y trabajarán para lograr aplicar una política común a fin de construir unidos todo cuando(sic) sea necesario?. Preguntas que, lamentablemente, fueron contestadas, sin haberse formulado, durante las casi dos horas de debate del pasado lunes por ambos contendientes, contrincantes, púgiles, o como quiera la gente llamarles.
Uno, el de corbata roja – traumatizado desde el siglo pasado – desde el primer instante estableció que su estrategia no caminaba hacia el futuro, sino que se aposentaba en el pasado. El pasado supuestamente victorioso de González o de Zapatero, o incluso de Largo Caballero. En un pasado más próximo, sazonado con B de Bárcenas o de Bankia. La ofensiva del primer minuto tuvo continuidad hasta cuando se hablaba de la manida igualdad salarial entre hombre y mujeres. Una ofensiva que alcanzó el tono de ofensa personal con la palabra “indecente”. Si ya desde el principio el debate, si puede llamársele así al pugilato, se había desarrollado en forma enrevesada, al contrapunto, con interrupciones, con gestos despectivos, con sonrisas hirientes, alcanzado ese instante murieron todas las esperanzas de ver a dos políticos mostrando su talante de estadista, de altos vuelos, de esperanza y de ilusión en ejercer el arte de gobernar. Se acabó, y el sacrificio “en defensa de un estilo de vida y de los valores de España” fue suplantado por la defensa numantina de su exuberante ambición de alcanzar o retener el poder. Ya no se trataba de “y tú más”, sino del “yo más, y tú menos”. Las ideas, las propuestas, las proyecciones de futuro para el ciudadano, fueron sepultadas, antes de nacer, por el improperio, la demagogia, el menosprecio, el sarcasmo infantil. Imposible intuir que ambos contendientes se “apoyarán y trabajarán para lograr una política común “a fin de construir algo que no sea un campo de odio y ambición. Esos labradores, sus asesores y todo el entorno que les rodea, no saben labrar otro terreno que no sea el que permita cosechar lo que se ha sembrado, codicia y aborrecimiento. Lamentable el insultador y lamentable el insultado.
Si hubo momentos excelsos por su vacuidad, los hubo hasta sublimes por su cobardía. Rajoy, acusado de retrogrado por el progresista, llegó a rehuir el intercambio de criterios sobre un tema tan lacerante como la violencia doméstica. Una lacra que está ahí, casi todas las semanas del año, con muertes violentas. Nada de réplica, nada de propuesta de soluciones, nada de puntos de acuerdos efectivos y positivos. No. Pasemos página y volvamos al empleo, a negar el recorte. A rehuir, en fin, la realidad de la calle.
Una calle que, reconociendo los avances, esperaba que se mencionasen propuestas o proyectos de futuro sobre una ley electoral que engaña al votante, sobre la financiación de los partidos, sobre el sistema autonómico disparado y disparatado, sobre el reto de Mas y su separatismo, sobre la justicia y su independencia, sobre la enseñanza pública y privada, sobre la sanidad, sobre, en fin, qué valores y qué estilo de vida ofrecen desde sus propuestas electorales. Sociedad de bienestar, sí, pero cómo se paga, cómo se sostiene, cómo se controla, cómo se supera. El estar “muy de acuerdo en todo”, cuando se refiere a violencia llamada de género, es la expresión de haber renunciado Rajoy y su partido a defender un modelo de sociedad que no se contraponga al modelo socialista. Si uno, el de corbata roja, apuesta por más Estado, el otro, el de corbata azul, no contrapone más persona, sino, simplemente, espera que escampe y que no se monte demasiado ruido en los temas que hacen que una sociedad esté adornada de los valores que deben conformarla. A eso se le llama relativismo en estado puro.
En diez minutos de la película “El puente de los espías”, de S. Spielberg, se respira más democracia, más justicia, más patriotismo, más sano idealismo, que en los ciento veinte minutos que duró el show, llamado debate. Y la razón el muy simple; ellos aman a su país, a su bandera, a su constitución, a sus ideales. Tienen valores. Nosotros tenemos a Rajoy, a Sanchez, a Rivera, y por descontado, a Iglesias. Por ello, el ejemplo de Francia nunca cundirá, jamás, en esta nuestra piel de toro mientras la política y los políticos luchen, no por el bien común, sino por el bien e interés personal. Demasiada ambición para una gran nación, que, empero sus pésimos gobernantes todavía sobrevive. Hasta cuándo sucederá, ya es otra cuestión.