DAMIÁN Y COSME

DAMIÁN Y COSME

 

 

         La plaza en realidad no era tal, sino que la calle se ensanchaba, antes de bifurcarse en dos. Las aceras alejadas anormalmente le proporcionaban una anchura que no tenía ni en su principio ni en su final. Allá, en la acera de la derecha, se podía contemplar todavia una puerta de cuatro hojas, que se recogían sobre sí mismas en los laterales. Pero todo ello ya es pasado. Ahora,  encima del dintel, ya no se puede ver aquel letrero, desvencijado como las puertas, con los tonos marrones que da la patina del tiempo, en el cual se adivinaba más que leía, Barbería La Estrella. Y abajo, en una esquina, con letras pretenciosamente góticas se incluía un añadido, “Fundada en 1916”.

           En la barbería, trabajaron Damián, padre, y Damián, hijo. Este  era un hombre bajito, regordete, de pronunciadas entradas, que en los tiempos de esplendor de la barbería debía frisar  ya los veintitantos años. Toda su vida había transcurrido en el mismo  barrio, donde tenía su trabajo, su casa y sus clientes. Damián fue peluquero, barbero, comisionista y dentista. Todo en uno. El portal tenía dos escaparates laterales en los cuales se anunciaban, desde tiempo inmemorial, masajes, colonias, espejos de baño y jabones de afeitar. En realidad, pocas veces  llegó a vender ningún producto de los exhibidos, sin embargo, Damián padre, antes, y Damián hijo, después, no supieron qué destino darle a esos dos mostradores que enmarcaban el acceso a la barbería.

          Según se entraba podía comprobarse que la estancia no era grande, ni pequeña. Damián padre, remataba siempre la explicación con un suficiente. A la izquierda estaban situadas cuatro sillas, de respaldo recto y asiento duro, próximas a una mesita en la cual se depositaban algunos periódicos, algunas revistas, y poco más, para entretener  la espera a los clientes. Al otro lado, a la derecha, estaban los dos sillones de barbero de los cuales, padre e hijo, se sentían tan orgullos. Grandes, con los apoya brazos de porcelana blanca, el reposa cabezas de rozado cuero negro, ajustable, con muescas, y los asientos y respaldos de mimbre, ya desgastado y abombado por el uso. Los reposa pies, de dos posiciones, eran de metal, algo descolorido por el tiempo. Tenían ambos sillones una palanca en el lateral derecho, para reclinar al cliente y hacer más cómoda la postura para el afeitado. Los dos sillones eran iguales, del mismo modelo, sin embargo, el más próximo a la puerta estaba más gastado, más rozado. A fin de cuentas, era en el cual durante más de cuarenta años estuvo trabajando Damián padre, hasta que una mañana, sin saber a ciencia cierta por qué, la vida ya no le alcanzó para abrir su barbería. A escasos metros de la puerta, se sentó en el bordillo de la acera, suspiró profundamente, y se dejó caer. Damián padre, la maquinaria de Damián padre, había dicho que ya tenía suficiente tiempo de vida.

      Damián hijo, como su padre, siempre cortó el pelo con maquinilla y algo de tijera. Le gustaba sentir como el pelo, casi trasquilado, iba deslizándose hasta el suelo, un suelo de baldosas blancas con una estrella negra, de seis puntas, en su centro. De ahí le venía el nombre a la barbería. Al alquilar Damián padre, muchos años atrás, el local y ver las estrellas en el pavimento, consideró que era el nombre más apropiado; “la estrella de los barberos con buena estrella”, pensó para sus adentros. Y ahí se quedó, en el letrero que se fue deteriorando por el sol y la lluvia, necesitado de una buena mano de pintura. Sin embargo, nunca los tiempos estuvieron para excesivos dispendios. Damián hijo, siguió con su rutina, con los clientes heredados de su padre, rogando a Dios que le continuasen siendo fieles. Como aquel Don Ernesto, personaje importante en el barrio, conocedor de todos los dimes y diretes de sus vecinos, y que se preciaba de ser un magnifico criador de canarios flauta. En el terrado de su casa, justo enfrente de La Estrella tenía sus grandes jaulas y un reducido antiguo palomar convertido en criadero de canarios. A quién le desease oír le relataba cómo años atrás  había ganado un concurso en el pueblo de su esposa, allá en la sierra. “Si vienes un día a casa te enseñaré el diploma  y a Fabio. Lo hice disecar cuando se murió”. Fabio era el canario premiado. A decir verdad, Damián no llegó a ver ni al tal Fabio, ni al diploma. Pero tampoco el detalle tenía demasiada importancia. Lo realmente importante era que don Ernesto cada dos días acudía a afeitarse y cada dos meses a cortarse el pelo, el poco pelo que le venía quedando.

            Si las paredes de la barbería La Estrella hubiesen podido hablar, habrían contado, sin parar,  de chismes, comentarios y demás chismorreos que desde el primer día no habían dejado de escuchar. Damián siempre fue un buen conversador, sabía dar tema al cliente para que se sintiese  cómodo y confiado. Damián entendía de política, de cine, de teatro, de historia. Damián era y es un hombre de mundo que nunca ha ido más allá de las cuatro calles del barrio. Sin embargo, entre las paredes de su barbería se sentía amo del mundo, dueño y señor de su historia y un hombre tan importante como para que sus clientes le pusiesen el cuello a su disposición bajo el filo de una navaja barbera, sin que ello  nunca fuese una dificultad  ni para él ni para su pulso.

        Solamente en una ocasión se le creó un problema.

         Antonio, el niño mayor de Eulalia, la lechera, con despacho abierto dos calles más arriba, una mañana, nada más abrir Damián la barbería, acudió de la mano de su madre. El problema era acuciante; una muela le estaba produciendo un dolor que le había impedido dormir a él y a su madre durante toda la noche. Damián le hizo sentar en el sillón, al tiempo que le decía:

—   Abre la boca, hijo.

       Damián, se colocó entre las piernas del chaval, le miró en el interior de la boca y descubrió la muela careada, mientras oía, que no escuchaba,  las indicaciones de Eulalia. Acto seguido Damián, cogió unas tenacillas del mostrador, las pasó por debajo del grifo y después de rociarlas con alcohol puro, se volvió a colocar enfrente de Antonio, aprisionó con las tenazas la muela, se agachó ligeramente, apretó con más fuerza la muela, y gritó:

—   ¡Amunt! (arriba)

        El chico se incorporó casi instantáneamente, como impulsado por un resorte, al mismo tiempo que Damián tiraba con decisión hacia abajo con las tenacillas. Evidentemente, los dos esfuerzos contrarios hicieron su efecto, y la muela salió desprendida de la encía de Antonio. Este, en realidad, no se enteró de lo que le había sucedido hasta que Damián le enseñó su muela careada, colocada entre los dientes de la tenacilla.

—   ¿Ves que fácil? Ya no te dolerá más.

         Eulalia pagó las dos pesetas y salió toda ufana con su hijo Antonio de la mano, mientras Damián depositaba el suplicio de ambos en una caja de madera, junto con más de dos docenas de dientes y muelas arrancadas con el mismo sistema del “amunt”. Lo que no podía suponer Damián en ese instante era lo que iba a acontecer por la tarde, cuando Eulalia se presentó ante él, con Antonio de  la mano, mostrándole la mejilla completamente hinchada y pidiéndole explicaciones de qué había sucedido. Damián sin saber a ciencia cierta cuál podía ser el motivo, pidió disculpas al cliente que estaba arreglando, se quitó la bata blanca, cogió a Antonio, y sin mediar palabra se fue directo hacia la Casa de Socorro. Allí le dijeron que el niño tenía una infección, que necesitaba de tratamiento, que le había sacado la muela antes de eliminar la infección  y que por ello presentaba ese aspecto. Damián les dijo que el pagaría ese tratamiento, y, al salir, se dio cuenta que la muela le había costado cinco pesetas. Las tres de la medicación, más las dos que le devolvió a Eulalia por considerar que no tenía derecho a cobrar por un servicio deficiente.

       Desde ese día Damián dejó de gritar el ¡amunt!”, a aquellos clientes que pretendían les aliviase su dolor de muelas. Y aunque insistiesen con aquello de que el médico es  caro, nunca más volvió sacar muela alguna.

        A fin de cuentas, su competidor Cosme jamás había sacado ninguna muela a ningún cliente. Cosme era el reverso de la moneda de Damián. Era espigado, de mandíbula pronunciada, con amplio bigote y pelo cortado a cepillo. Usaba de una bata corta, de color verde, con su nombre bordado en el bolsillo superior;  sus sillones estaban tapizados de un plástico también verde, con una almohada plana, de cuero,  que cambiaba de lado cada vez que un nuevo cliente se sentaba. Aquellos sillones no solamente se reclinaban, sino que también se elevaban o bajaban según la altura del cliente lo requería, gracias a un pedal hidráulico situado en su base. La barbería de Cosme debía ser algo más que barbería, puesto que el letrero, luminoso, con letras rojas y azules, sobre un fondo blanco, rezaba “Peluquería Cosme”. No tenía escaparate, ni mostrador en el portal, sino un gran cristal opaco, cincelado con la palabra peluquería, que impedía ver y ser visto desde la calle. Cosme tenía un chico de unos quince años, que le hacía algunos trabajos, como lavar la cabeza a sus clientes, ir a por tabaco o a por un café, en algún caso especial. Cosme cortaba el cabello a la navaja, usaba poco de la maquinilla, y no le gustaba afeitar a sus clientes. Prefería el corte de pelo, esculpido, con redecilla y secador. En una esquina, al fondo, iluminada por un par de focos, se hallaba colocada una estantería, con baldas de cristal, que era el expositor de colonias, masajes, champús, lacas, tratamientos capilares,  todo de la misma marca. Sus revistas eran actuales, renovadas cada semana, colocadas en revisteros situados cerca de unas cómodas sillas de espera. Cosme era parco de conversación. Prefería que el cliente se sintiese bien atendido, comprobando por si mismo la concentración con que Cosme prestaba su función de peluquero. Damián y Cosme, en alguna ocasión, de mañana o por la tarde, cuando coincidían en el bar Central, se saludaban sin mucho empeño, educadamente, pero no se interesaban el uno por el otro. Tomaban su café o su copa de anís, y, despidiéndose en general de la concurrencia, se dirigían a sus respetivos sillones. Así llevaban desde hacía más de dos años, cuando Cosme instaló su Peluquería, cerca de la lechería de Eulalia, en una esquina. Ninguno de los dos podía comprobar cuál trabajaba más, ni cuantos clientes entraban o salían de sus respectivos negocios. No obstante Damián  a cada nuevo día, tenía la sensación de que algo estaba sucediendo en el barrio, que su Estrella necesitaba remozarse, cambiar la apariencia, pintar el letrero, sustituir las maquinillas por otras más modernas. Pero, ya no estaban los tiempos para alegrías. En realidad, sus habituales clientes seguían acudiendo, si bien notaba que cada año que iba transcurriendo eran más viejos, sin que ningún joven renovase al cliente ya fallecido. Para sus adentros, adivinaba que los hijos de sus clientes acudían a Cosme, a la peluquería de Cosme, más luminosa, más despejada, con el corte a la navaja y con aparatos donde lavar el cabello.

        Damián empezó a ser consciente que su tiempo se estaba acabando. Que aquel barbero y sacamuelas, estaba pasando a la historia, como su maquinilla manual no suplida por la eléctrica. Que sus sillones no eran ya acogedores, que sus espejos tenían demasiado óxido en los laterales, que las dos lámparas del techo no iluminaban como los focos y que el mismo letrero con el Fundada en 1916  estaba completamente desfasado. Sin embargo, se sentía demasiado mayor para emprender aventuras. Así, una buena mañana, decidió no abrir su barbería. Acudió a Don Ernesto, cuyo hijo era director de la Caja de Ahorros, con oficina situada en el mismo barrio, le pidió si podía interceder para que le diese algún empleo como ordenanza, o “algo así”. Don Ernesto se portó, y su hijo todavía más. Y al cabo de pocas semanas Damián ya lucía un adecuado uniforme azul marino, con la insignia de la Caja bordada en el bolsillo superior y se esmeraba en trasportar los papeles de una mesa a otra, o en subir las escaleras con presteza llevando una pequeña bandeja con un café para el señor Director.

          Una tarde, Damián acudió a su barbería. Había acordado con un anticuario la posible venta de sillones, maquinillas, sillas, espejos… Allí estaba, en el portal, dando la espalda a cientos y cientos de horas vividas de pie, sin apenas moverse, cortando cabello con maquinilla, con tijera y afeitando a navaja barbera. En aquellos instantes, recordaba como su padre le había recibido la primera tarde que acudió a aprender, a ayudarle, sonrientes los dos. De cómo le dio aquella maquinilla de rapar, junto con una bata blanca, impoluta, con el mismo gesto del torero que cede los trastos al novillero que toma la alternativa. Todo aquello ya quedaba atrás. Era historia, otra historia.

       Damián, aquella tarde, desde el vano del portal, mirando repetidamente hacia ambos lados, a la espera de ver cómo aparecía el anticuario, se sorprendió al toparse con la figura de Cosme que lentamente se estaba aproximando a la barbería. Los dos se miraron a los ojos. Damián se sonrió mientras movió la cabeza y los hombros, como  diciendo “qué se le va  a hacer”. Y Cosme, le tendió la mano, al mismo tiempo que le deseaba “toda la suerte del mundo”.  No hubo más, Cosme enfiló hacía su peluquería y a los pocos pasos, se giró hacia Damián:

—   Lamento mucho lo del chico de la Eulalia,  de verdad, lo siento.

      Damián volvió a cabecear, sonrió de nuevo, al tiempo que levantaba leventemente la mano en un gesto de agradecimiento, mientras Cosme retomaba  su camino.

        De  lo del chico  habían transcurrido ya más de cinco años.