VELATORIO

Fue mi madre, amante de cementerios y tanatorios, la que me introdujo en el hábito, cuasi vicio, de colarme en los velatorios desde jovencito. El método era de lo más simple: acudía a un periódico, repasaba las esquelas y tomaba nota de las horas y lugares en que los recién difuntos iban a recibir, de cuerpo presente, a sus deudos, amigos y familiares. A decir verdad, no entendí muy bien cuál era el placer que acompañaba a mi madre en sus visitas a los tanatorios. Aunque, en ocasiones, dejaba caer un “menos mal”, que yo asimilaba a un “menos mal que es ella o él, y no yo”. Sin embargo, tampoco era lo que más me preocupaba de aquellas visitas cogido de la mano de mi madre. Ella, mi madre, era de lo más llorona. De lágrima fácil se diría. Por tal motivo quedaba siempre muy bien cuando daba el pésame y la condolencia, aunque la receptora no tuviese plena conciencia de quién era aquella señora que lloraba tan bien.
MI madre, casi fallecida, tuvo una idea de lo más genial. En un momento de su última lucidez le encargó a mi hermana que, cuando su velatorio, colocase unas mesas en el recinto con alguna galletita, algún refresco, alguna aceitunita, y un montoncito de tarjetas con el texto siguiente: “La Delicada. Detalles para bautizos, comuniones, bodas y velatorios”. Las letras góticas, no eran lúgubres mas indicaban de qué iba la cosa. A decir verdad, cuando contemplaba el rostro de mi madre dentro de la caja, daba la impresión que, aun con los ojos cerrados, estaba mirando hacía la mesita más interesada en averiguar si el montoncito de tarjetas disminuía que si lo hacían las galletitas o la patatilla. Sin duda alguna, fue todo un éxito. Desde el velatorio de mi madre se puso de moda el colocar mesitas con algún cacahuete y demás, junto con el libro de condolencias. Fue todo un acierto que mi hermana, con La Delicada, supo aprovechar hasta que mi sobrina primera dijo que no deseaba continuar con eso de la tarjetita con el sello de La Delicada pegado al dorso, a modo de publicidad. Evidentemente, La Delicada tuvo competencia casi enseguida, pero la idea era original de la familia, y como tal, siempre nos hemos sentido orgullosos que, casi a las puertas de la muerte, mi madre tuviese su último tino en forma tan eficiente y considerada.
Algunas empresas tendieron a la exageración, y pasaron de las galletitas al croissant, y del pequeño refrigerio a la taza de café con leche. La competencia tiende a superar al antecesor y, de no haber intervenido el servicio municipal funerario, seguramente se habría llegado a dar un plato de paella como tapa. El comercio de Florencia Silvano se acercó al borde de la ponderación. Su oferta incluía no solamente una tarjeta recordatorio, sino un diploma con la firma del propio difunto, dando las gracias al receptor por su presencia en el acto. Obviamente la firma era una copia, pero el texto llegaba al corazón del amigo o conocido que lo recibía, acto seguido de haber estampado su condolencia en el libro correspondiente. Pero Florencia Silvano fue más allá, al apercibirse que la asistencia de extranjeros ascendía, montó un servicio de platitos con las típicas tapas españolas, con sus correspondientes montaditos; calamarcitos, pescaditos, ensaladilla… E incluso en ocasiones añadía esos mejillones rebozados que alguien les puso por nombre “tigres”. Allí que estaba Florencia Silvano con su hijo Jorgito, repartiendo tapas y regalando diplomas de asistencia. Incluso llegaba alguno y, contemplado el letrero de “Se enmarcan diplomas”, solicitaba que se lo enmarcasen previa elección del tipo y clase de marco y pago del precio, naturalmente. Hay que reconocer que lo del marco fue idea de Jorgito, y que, en líneas generales, tuvo bastante éxito. A la que regentaba “…y el vivo al bollo”, la cosa no le fue tan boyante. No gozaba de la inventiva del Jorgito ni de la Florencia.
La historia se alargaría hasta el cansancio, sin embargo, hay que reconocer que lo de mi madre tuvo su aquel. Obviamente, cuando los servicios municipales se apercibieron del jolgorio de los tentempiés y montaditos, cortó por lo sano y sacó a concurso el tinglado para conseguir el correspondiente canon. Con ello y con los barruntos de crisis, decayó todo y, sin apenas apercibirse, el adjudicatario se dio en bancarrota; los ingresos no alcanzaban casi a cubrir el canon. Los muertos empezaron a recuperar la tradición y a lo sumo se repartía un recordatorio con una fotografía del difunto con diez o quince años menos. Para el recuerdo, simplemente.
A decir verdad, los visitas a los velatorios con mi madre eran de lo más divertidos. Para los visitantes vivos, naturalmente. Me encantaba sentarme en el saloncito que antecedía a la salita con el féretro, y contemplar los rostros, las idas y venidas de la gente. Los familiares eran de lo más entretenido. A decir verdad, a mi me encantaban los viudos. Si no eran muy mayores, de sesenta años como máximo, su rostro se me aparecía doble. Por delante todo dolor y compungimiento, por detrás una cierta sonrisa iluminaba su mirada, como diciéndose “se acabó”. Seguramente, el más llamativo fue aquel abogado que, de vez en cuando se aproximaba a una silla, justo en el rincón de la salita, y allí, agachado susurraba a una mujer que no alcanzaría los cuarenta años, “soy libre, libre”. Lo repitió tantas veces que no me fue difícil a la tercera o cuarta vez leer la frasecita de sus labios. Al salir me descubrieron que la susurrada era su secretaria. La difunta, madre de cinco hijos, se había caído por la escalera del sótano destrozándose el cuello. El abogado no pudo sentirse libre mucho tiempo, según parece, la caída no había sido del todo accidental.
Los yernos, pegados, cual rémora, a sus esposas, se mostraban serviciales y compungidos al mismo tiempo. Mientras sus correspondientes cuñados les lanzaban miradas de soslayo que, de ser acero, les hubiesen penetrado hasta lo más profundo del tuétano. Y es que cuando en la familia entran los “políticos” todo queda un tanto trastocado. Y si al difunto se le supone pudiente o con posibles, mucho más. Como sucedió con aquel señor de Valladolid que se le ocurrió morirse justo al iniciar un crucero por el Mediterráneo. El yerno segundo no dudó en llegarse en avión hasta la primera escala en Génova y traerse a su suegro metido en una caja especial, mientras sus cuñados se quedaban con dos palmos de narices. Tuvo que superar cien obstáculos, pero salió triunfante y su llegada al aeropuerto con el féretro de su suegro fue como poner una pica en Flandes y dejarla allí durante siglos. Y menos mal que la dejó allí, pues de traerla en la mano, su cuñado primero se la habría colocado en pleno estómago, como mínimo. Y es que los de Valladolid, por aquello de que fueron Corte, son muy dados a ese tipo de escenas.
Las mujeres, las viudas, se comportaban de diferente manera. A ninguna le leí en sus labios eso de “soy libre”; a lo sumo “cuanto le echaremos de menos”. Tiempos atrás, la frase que más se repetía en las viudas era “lo ha matado el tabaco”, lo cual provocaba el asentimiento de las amigas y el movimiento de entrecejo de los amigos, mientras se oía como en un susurro un “…y el coñac, que tenía el hígado hecho ciscos”. Al dueño de Bar Sa Plaça, le adornó durante todo su velatorio a las puertas del cementerio ese mismo sonsonete;”demasiado coñac”. En sus últimos tiempos solamente se atrevía con el vino aguado, ante la mirada recriminatoria de su esposa desde detrás de la barra del bar. “Si sólo le he dado color al agua”, soltaba Bernardo. Pero, ya no tenía remedio. El hígado le indicó que ya era suficiente y de buena mañana, dijo adiós, sin abrir los labios y con la barriga hecha un tonel. Su mujer, Catalina, le lloró algo, pero poco. Ya había llorado suficiente en vida como para tener más lagrimas ahora, una vez muerto.
Cuando la ocasión me lo permitía, me aproximaba al libro de condolencias para leer alguna de las frases que en el aparecían. No puede decirse que fuesen más originales en un velatorio que en otro. Todos eran más o menos por el estilo. Aunque siempre había algún escrito que llamaba la atención, bien por su ortografía bien por su contenido; “Fuiste bueno en vida, te recordaremos siempre”, o “Repartiste alegría y ahora nos sonríes desde arriba”, y así sucesivamente. Ni que decir tiene que siempre había el amigo gracioso que, dándoselas de original, soltaba su frasecita; “Aunque no puedes acompañarnos, nos vamos a tomar unos lingotazos a tu salud, Pepe”. A saber que entendería el amigo de Pepe por “salud”. Algún que otro, de mano de mujer, respiraba misterio: “Siempre te recordaré, especialmente aquellos 34 momentos”. O aquel otro de la mujer, entrada en años, que sin detenerse ante nadie, se dirigió directamente al libro, sacó un bolígrafo de su bolso y estampó lo siguiente: “Si te crees que me dejaste sola, vas de ala, tarugo. Se llama Juan”. Sin firma.
Muerta mi madre, con el tiempo dejé de caer en el hábito de colarme en los velatorios. Quizás el cierre de La Delicada tuvo algo que ver en ese alejamiento. Pero, a decir verdad, visto uno, visto todos. El ser humano, ante la muerte se conduce de forma muy similar. Incluso por parte de aquellos que desean ser los más ricos del cementerio. Como si ello fuese posible.
21 julio 2015.