Nuevo solar, nuevo edificio

Leer las noticias que afectan al Partido que ocupó mi tiempo y esfuerzo durante los trece mejores años de mi vida, me produce un ardor de estómago que solamente, entiendo, se puede sofocar con el medio que estoy utilizando: escribiendo. Es difícil que más allá de un circulo, no más amplio que una aspirina, se lean estas líneas. Sin embargo, lo que viene aconteciendo en el partido y como se viene actuando por sus actuales y pasados dirigentes, ya no puede permanecer sin crítica.
El periodo de Matas fue nefasto. Y quién lo niegue, está ciego, o le conviene negarlo. Matas se encerró en su despacho y dejó el partido en manos de Rodriguez, el cual, embelesado con su Consellería, acudía a trabajar de lunes a sábado, pero se olvidó completamente de cuál era su misión. La gerencia siguió su rumbo, y ya veremos cómo y dónde acaba. El período de Bauzá, es suficiente calificarlo con números; de 35 diputados a 20, de 17 regidores a 9. No contabilizo los ayuntamientos perdidos para no aburrir. Abandonadas en manos de socialistas, nacionalistas y radicales de izquierda todas las más importantes instituciones, el espectáculo continúa. El que un ayuntamiento como Llucmajor vaya a tener tres alcaldes en cuatro años, es una pura anécdota si no fuese por el ambiente completamente aquietado de todas las oposiciones en cualesquiera instituciones. Da toda la impresión que todos están sumamente cómodos en sus puestos, procurando no llamar la atención, ante el peligro de que el pueblo conozca de su existencia. El silencio es tan ruidoso que hasta produce eco.
El quid de la cuestión en este punto puede ser estimado como doble: primero, no hay ninguna idea para superar el hábitat de oposición; segundo, lo que preocupa y ocupa son las listas de las próximas generales. Los movimientos soterrados, surgen por la queja y lamento de los afectados. Las reuniones a manteles suelen producir ardor de estómago en las altas instancias, ante el temor de un movimiento desestabilizador. La preocupación en todo el orden es el mismo: que no me quiten.
Y no debieran ser quitados, debieran haberse ido. Todos aquellos que, directa o indirectamente, han vivido tan rotundo fracaso, merced al menosprecio y abandono de su fiel electorado, debieran haber cursado la correspondiente carta de dimisión, y regresar a sus cuarteles no de invierno, sino de todas las estaciones. Desde el cabeza hasta la cola, todos debieran haberse sentido responsables del mayor de los desastres y fracasos sufridos por un partido político, el único, que puede aglutinar a nuestra sociedad en forma mayoritaria. Y no han hecho ni lo uno, ni lo otro. Se perdió Palma por egolatría, se perdió el Consulat por ignorancia supina, se perdieron los Consell por inercia, y se perdieron ayuntamientos por simple mimetismo electoral. Y ahora, quienes perdieron todo, siguen ahí, en una sede que debiera ser abandonada por ser el símbolo de una nefasta y negativa gestión, aparte de ser un claro objetivo judicial en su financiación.
No se trata, simplemente, de hombres nuevos, caras nuevas, sino modos distintos, formas diferentes, impulsos firmes, ideas trasparentes. En alguna medida, hay que regresar a la Plaza de Cort, a la calle Estudio General, a la institución de un pastor superior que, con mano de seda y vara de cedro, gobierne y dirija un colectivo que tiene una gran responsabilidad: ser el contrafuerte de una sociedad que no puede, ni debe, quedar en manos de los extremismos que le son completamente ajenos. Ni socialistas, ni nacionalistas, ni radicales jamás ganarán por si mismos las elecciones en nuestra sociedad. Pero sí lograrán gobernarnos, con imposiciones, con déficit, con deuda, con inmersiones, con recortes de derechos. Y ello sucederá si el partido conservador no se reedifica, desde un nuevo solar, limpio, pulcro, con constructores menos maleados, menos asalariados, menos adocenados, y sí con un espíritu nuevo: servir por gusto a la sociedad en la cual conviven, para dejarle ciudadanos más libres, más ilustrados, más formados, mejores ciudadanos, en fin.
Aunque, visto lo visto – por ejemplo, llamar corrupta a quién colabora con la Justicia - me da la impresión que no veremos caer esa breva.