ENSUEÑO ROMANO

13.07.2015 13:17

 

 
         
             

–    Cuando me da por pensar en mis defectos, me quedo dormido   inmediatamente ¿no te sucede a ti, George?

–    En absoluto. No suelo perder el tiempo durmiendo ni jugando al ajedrez, Oscar. La vida es demasiado corta para dedicarse a tan fútil diversión. Además, amigo mío, el que nos encontremos ahora en esta terraza del Palazzo Nani-Mocenigo, nos obliga a ser más incisivos y originales en nuestra conversación. Ten presente, Oscar, que solamente en sueños es posible este encuentro.

–     Mi buen amigo, te contemplo ahora mismo con tu exquisito turbante multicolor, ese jubón de terciopelo carmesí, con esa brillante y alargada daga entre tus brazos que se prolonga más allá de una bellísima mano y no puedo por menos que desear explayarme con tu visión. A fin de cuentas, admirado sexto Lord Byron, desde siempre me ha gustado contemplar a los hombres geniales y escuchar a las mujeres hermosas.

–    Y no cabe duda que, como en estos instantes, la noche muestra a las estrellas y a las mujeres bajo una luz mejor. Aunque, convendrás conmigo que la mejor de las luces para la contemplación de la mujer es la que surge de la penumbra que enturbia la mirada del deseo. O de la pasión.

–    Oh, pasión, palabra que encierra desde desdicha hasta fortuna. En algún lugar y en algún momento dejé escrito que la única diferencia que existe entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho es más duradero.

–    Demasiado trascendente, dilecto Oscar Wilde, demasiado. Puestos a recordar, y seguramente por ser más antiguo que tú, también yo dejé escrito en algún lugar que cuando la edad enfría la sangre y los placeres son una cosa del pasado, el recuerdo más querido sigue siendo el último, y nuestra evocación más dulce, la del primer beso.

–    ¿Recuerdas ese primer beso, George?   

–    Perfectamente. A mi madre le agradecí el haberlo disfrutado. Me puso en manos de Mary Gray, que me inició por toda la senda del desenfreno. Resulta curioso que aquella joven institutriz fuese capaz de compaginar la exposición de los recovecos de todo su cuerpo con las dulces tardes de lecturas bíblicas, al pie de las bellas montañas del verde valle del Dee.

–    Aparte de entretenerse con largos y pronunciados sorbos del mejor whisky escocés. No dejes que la nostalgia de aquellos besos te haga olvidar el sabor y el aroma con que venían impregnados, Lord Byron.

–    Veo que has leído mi vida. O al menos la conoces.

–    No nos topamos ni en Roma, ni en Venecia, ni pudimos tener un encuentro como éste en el puritano Londres. Sin embargo, nuestras vivencias bien podrían calificarse de coincidentes en muchos aspectos. También fui, como tú, acusado de sodomía. También huí, como tú, de un Londres aburguesado e hipócrita.

–    Ah…, pero yo no pisé las losas de cárcel alguna, apreciado Oscar. No dejé que esos estúpidos coterráneos míos lapidasen mis huesos con la humedad de ninguna celda. Me liberé de ellos, volé por encima de insultos, calumnias y amenazas y me sentí absolutamente feliz al comprobar que mi pensamiento era plenamente certero: El que no ama su patria no puede amar nada.

–    De ti jamás se podrá decir que, como no fue genial no tuvo enemigos.

–    Sí, cierto. Pero también amigos, muchos amigos, y amigas, muchas, muchas amigas. Aunque solamente una comedia.

–    Ya, recuerdo: Todas las tragedias terminan en una muerte, todas las comedias en un matrimonio. Atinada frase, plena de ingenio y acierto.

–    Oscar, la cojera no es obstáculo para la genialidad.

–    ¿Te arrepentiste de algo en tu vida, George?

–    Si,  de mi matrimonio. Jamás debí casarme ni con Anne ni con cualquier otra. Convendrás conmigo que el matrimonio es al amor lo que el vinagre al vino.

–    … El tiempo hace que pierda su primer sabor.

–    Cierto, cierto. Me sonroja que sepas tanto de mí. O de mis pensamientos.

–    George Gordon Byron, tú viviste la primera mitad del siglo y yo la otra mitad de la centuria, por eso tengo ventaja sobre ti. Tú no pudiste conocer de mi ingenio, de mi sutileza, en cambio mi tiempo me permitió beber de la arrogancia de tus héroes, de su aversión por las instituciones, de su rebeldía ante la vida. No eran sino tenues reflejos de tus excentricidades, tus ostentaciones. Fuiste un ser polémico, apreciado Lord, pero también admirado hasta por el gran Goethe. ¿Cómo no conocerte y apreciarte?

–    Oscar, no sé quién ni qué nos ha trasportado a ambos a este lugar, en un encuentro tan imposible como irreal, ni tampoco sé qué puede surgir de él, sin embargo, de lo que sí estoy convencido es de que no cruzarnos en nuestras vidas fue una bendición de los dioses para los ingleses. Demasiada genialidad, demasiado ingenio, demasiada pomposidad para un Londres apoltronado y maloliente, nuestros congéneres no lo hubiesen podido soportar.

–    Siento mi risa flotar hacia el cielo romano, Byron. Bello momento el que alguien, en su fantasía, nos ha brindado. A veces, amigo mío, podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

–    Así lo creo, Oscar, y así lo experimenté. Como si cada uno fuese el último que me correspondiese vivir. En alguna medida fui un tanto ingenuo. Me creí que el mundo podía cambiar en mis manos, en mis palabras, en mis obras, en mis gritos y en mis lamentos. Vano empeño, admirado Wilde, vano empeño.

–    No, no fue trivial ni inútil. Recuerda que cualquiera puede hacer historia, pero sólo un gran hombre puede escribirla. No te enojes por lo no hecho, sino enorgullécete por el surco que has dejado. Fuente, manantial en el cual han bebido escritores tan o más ilustres que nosotros. Cuando Dios nos juzgue no solamente tendrá en cuenta nuestros desvaríos y debilidades, sino también el recuerdo del buen hacer que hayamos dejado.

–    ¿Dios? Lo nombras y te envidio, Oscar. En tu último instante, ese en el cual la vida alcanza toda su plenitud, le hallaste y le abrazaste. Yo no tuve tal suerte. El sexto Lord Byron murió rodeado de asesinos que, inútiles mentecatos, se creían que vaciándome de sangre iban a sanarme.

–    Pero, tú pudiste morir con tu propio nombre. Mis hijos renunciaron a mi apellido, avergonzados de su padre, y yo me convertí en Sebastián Melmoth, hastiado de todo y de todos. Nadie se compadeció de mí, con la botella por última compañera, solamente el Ser Supremo me consoló en mis postreros días. Supongo que alguno de aquellos envarados caballeros victorianos debía clamar al mismo cielo al conocer que Oscar Wilde hasta el último suspiro mantuvo latente su esteticismo elevándolo a la vulgaridad de abjurar de su religión inglesa.

–    Bah, todo ello son fruslerías vistas desde esta atalaya de ensueño. Recuerda que cuando la gente está de acuerdo contigo, es señal de que estás equivocado. Lo cierto es que vivimos en un tiempo que, seguramente, no era el nuestro y por ello intentamos y conseguimos que no nos engullese demasiado. Y ahora, los dos, rodeados de silencio, de sombras romanas, con una ya casi agotada botella de Sherry por dulce compañía, nos hemos solazado sin necesidad de más placer que el de escucharnos. Oscar Wilde, en la vida, Sebastián Melmoth, en la muerte, siento que ha llegado el momento de retornar a nuestro lugar de descanso.

–    Un lugar sin aduana, del cual nos hemos alejado por un extraño misterio. Tu regresarás a tu  sombría iglesia en Nottinghamshare y  yo al francés Pére lachaise, un cementerio al cual los parisinos han convertido en un maravilloso parque.

–    Cierto. A ninguno de los dos nos acogió Westminster. A mí por amoral, a ti por católico. Todo tiene su lado bueno: yo no tengo  indeseadas compañías y a ti te puede visitar Molière, Balzac, Chopin. Agradable compañía, amigo Oscar.

–    Adorable ensueño, amigo George. Despidámonos.

–    Sin besarnos, por favor. Ten presente, Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde,  que debemos oler a muerto.

–    Seguramente, George Gordon Byron, seguramente.

 
                                       
                        Julio 2015